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CUADERNOS KINTSUGI
ENSAYOS · N.º 1
No nací sin valor
«¿Y si el problema no es que perdiste tu valor, sino que nadie te ayudó a construirlo?»
Por Julio César Carrasco · Psicólogo Clínico
PRÓLOGO · LA PREGUNTA EQUIVOCADA
Hay preguntas que, de tanto repetirse, terminan pareciendo verdaderas. Durante las últimas décadas, pocas han adquirido tanta presencia como esta:
¿Cómo puedo mejorar mi autoestima?
La escuchamos en libros, conferencias, redes sociales y consultas clínicas. Se ha convertido en una explicación casi automática para una enorme cantidad de sufrimientos humanos. Si alguien no pone límites, pensamos que tiene baja autoestima. Si permanece en una relación que lo daña, suponemos que le falta autoestima. Si se exige demasiado, si duda constantemente de sí mismo o si necesita la aprobación de los demás, volvemos a utilizar la misma expresión.
La palabra parece explicarlo todo. Y, precisamente por eso, sospecho que explica muy poco.
Cuando un concepto intenta contener experiencias tan distintas, deja de iluminar la realidad y comienza a ocultarla. Es como un mapa que, por querer representar todos los territorios, termina borrando los accidentes del terreno. Ya no orienta. Apenas simplifica.
Durante años también utilicé esa palabra. La pronuncié en clases, la escuché en congresos, la leí en artículos científicos y la repetí en consulta. No porque fuera un error hacerlo, sino porque parecía el lenguaje disponible para nombrar un fenómeno que todos reconocíamos.
Sin embargo, con el paso del tiempo empecé a notar algo que no encajaba. Personas completamente distintas llegaban diciendo exactamente lo mismo.
—Tengo muy baja autoestima.
Pero bastaban unos minutos de conversación para advertir que no estaban hablando de la misma experiencia.
Algunas vivían aterradas ante la posibilidad de decepcionar a quienes amaban. Otras eran incapaces de descansar sin sentir culpa. Algunas necesitaban hacerlo todo perfectamente para sentirse tranquilas. Otras soportaban relaciones profundamente dañinas porque la idea de ser abandonadas les parecía todavía más insoportable. Había quienes no podían recibir un elogio sin descalificarlo. Y quienes pedían disculpas incluso antes de comenzar una frase.
Todas utilizaban la misma expresión. Pero habitaban mundos completamente distintos.
Fue entonces cuando comenzó a crecer una sospecha. Quizá el problema nunca había sido la autoestima. Quizá esa palabra era el nombre que habíamos dado a experiencias mucho más profundas, más antiguas y más difíciles de reconocer.
Esa intuición cambió lentamente mi manera de escuchar. Dejé de preguntarme cuánto se quería una persona. Empecé a preguntarme cómo había aprendido a mirarse.
La diferencia parece pequeña. En realidad, transforma toda la conversación.
Porque nadie nace pensando que vale poco. Nadie llega al mundo sintiendo vergüenza de existir. Ningún recién nacido necesita demostrar que merece ser abrazado. Antes de aprender cualquier idioma, antes de comprender las normas sociales, antes incluso de tener recuerdos, todos compartimos una certeza silenciosa: nuestra existencia no necesita justificarse.
Después ocurre la vida. Y la vida nos enseña muchas cosas. Nos enseña a hablar. A caminar. A relacionarnos. A protegernos.
Pero también puede enseñarnos algo que nunca debimos aprender. Que el amor debe ganarse. Que equivocarse es peligroso. Que expresar determinadas emociones pone en riesgo el vínculo. Que ser uno mismo quizá no sea suficiente.
No aprendemos estas lecciones porque alguien decida transmitirlas deliberadamente. Con frecuencia suceden de maneras mucho más sutiles. En una mirada que nunca llega. En un silencio prolongado. En una crítica repetida. En un afecto disponible solo cuando cumplimos determinadas expectativas. En adultos que hicieron lo mejor que pudieron con historias que tampoco eligieron.
Las personas no heredamos únicamente el color de los ojos o ciertos rasgos físicos. También heredamos maneras de comprender el mundo. Formas de vincularnos. Modos de interpretar el afecto. Estrategias para protegernos del dolor.
Con el tiempo, esas estrategias dejan de sentirse como estrategias. Empiezan a sentirse como identidad. Decimos:
—Yo soy muy inseguro.
—Siempre he sido perfeccionista.
—Me cuesta confiar.
—No sé pedir ayuda.
Como si estuviéramos describiendo rasgos de personalidad. Pocas veces nos detenemos a considerar otra posibilidad. Que muchas de esas características no describan quiénes somos. Describan cómo aprendimos a sobrevivir.
Y cuando confundimos supervivencia con identidad, toda posibilidad de cambio parece desaparecer. Porque nadie intenta transformar aquello que cree ser. Solo puede revisar aquello que comprende que aprendió.
Ésa es la pregunta que recorrerá este ensayo. No cuánto vale una persona. Sino algo mucho más inquietante.
¿Cómo aprende un ser humano cuánto cree que vale?
La diferencia no es solamente teórica. Tiene consecuencias profundas. Si el problema fuera la falta de autoestima, probablemente bastaría con aprender a pensar mejor sobre nosotros mismos. Pero si el problema nació en la manera en que nuestra historia organizó la experiencia de sentirnos queridos, seguros y dignos de pertenecer, entonces la conversación cambia por completo.
Ya no estamos hablando de opiniones. Estamos hablando de experiencias. Y las experiencias no se modifican únicamente con argumentos. Necesitan nuevas maneras de ser vividas.
Este ensayo no pretende ofrecer recetas. Tampoco propone una nueva teoría para reemplazar a otra. Su intención es más modesta y, al mismo tiempo, más ambiciosa. Invitar al lector a recorrer un mapa. Un mapa que quizá permita mirar de otra manera preguntas que durante demasiado tiempo parecieron tener respuestas demasiado simples.
Porque sospecho que muchas personas nunca tuvieron un problema de autoestima. Tal vez cargaron durante años con una pregunta mucho más antigua. Una pregunta que nadie les enseñó a formular. Y que, sin embargo, organizó silenciosamente gran parte de su vida.
¿Qué tuvo que ocurrir para que un niño que nació sin dudar de su valor terminara creyendo que debía demostrar, una y otra vez, que merecía existir?
I · LO QUE LA PSICOTERAPIA INTENTA RECONSTRUIR
Llegados a este punto, conviene detenernos en una idea que suele entenderse de manera incompleta.
Muchas personas comienzan un proceso terapéutico esperando aprender algo acerca de sí mismas. Esperan descubrir por qué reaccionan de determinada manera. Comprender el origen de sus dificultades. Encontrar herramientas. Cambiar ciertos pensamientos. Todo eso puede ocurrir.
Pero, cuando la terapia produce transformaciones profundas, sucede algo más. Algo que no siempre resulta evidente.
La psicoterapia no consiste únicamente en comprender una historia. Consiste en vivir una experiencia diferente de esa historia.
La distinción parece sutil. En realidad, cambia por completo la manera de entender el proceso terapéutico.
Durante años hemos atribuido un enorme poder a las explicaciones. Y las explicaciones importan. Nombrar una experiencia que durante décadas permaneció confusa produce un alivio difícil de describir. Comprender que aquello que llamábamos «debilidad» fue una adaptación. Descubrir que la ansiedad no apareció porque sí. Entender que el perfeccionismo tenía una función. Todo eso devuelve sentido. Y el sentido siempre alivia.
Pero comprender no equivale todavía a transformar. Uno puede entender perfectamente por qué teme al abandono. Y seguir sintiéndolo. Puede comprender el origen de su autoexigencia. Y continuar exigiéndose del mismo modo. Puede identificar con precisión la historia que dio forma a sus vínculos. Y descubrir, con frustración, que vuelve a elegir relaciones extraordinariamente parecidas.
No porque haya fracasado la comprensión. Sino porque la comprensión es solo una parte del cambio. La otra parte pertenece al terreno de la experiencia. Y la experiencia no se modifica mediante argumentos. Se modifica cuando el organismo descubre, una y otra vez, que aquello que esperaba ya no sucede.
Pensemos en un niño que aprendió que expresar tristeza alejaba a quienes amaba. Décadas después puede comprender perfectamente el origen de esa conclusión. Sin embargo, cuando la emoción aparece, su cuerpo seguirá anticipando el mismo desenlace.
La verdadera transformación comienza cuando esa tristeza encuentra una respuesta distinta. Cuando alguien permanece. Cuando el vínculo no se rompe. Cuando la emoción deja de convertirse automáticamente en amenaza. No porque el pasado desaparezca. Sino porque el presente empieza a ofrecer una evidencia diferente.
En ese sentido, la psicoterapia se parece menos a una clase y mucho más a un laboratorio de experiencias humanas. No enseña únicamente conceptos. Construye, poco a poco, nuevas formas de estar con otro. Y, a través de esa relación, nuevas formas de estar con uno mismo.
Por eso me resulta insuficiente definir la terapia como un espacio de conversación. Las palabras importan. Pero no son lo único que cura. También cura la manera en que esas palabras son recibidas. La forma en que el silencio es acompañado. La experiencia de equivocarse sin ser humillado. La posibilidad de expresar rabia sin perder el vínculo. La libertad de decir «no» sin que aparezca el abandono. La oportunidad de descubrir que la vulnerabilidad no siempre conduce al peligro.
Cada una de esas experiencias contradice, de manera silenciosa, una expectativa que durante años pareció inamovible. Y el sistema nervioso aprende precisamente así. No reemplazando una idea por otra. Acumulando suficientes experiencias distintas como para empezar a esperar un resultado diferente.
Ése es el motivo por el cual la terapia requiere tiempo. No porque el terapeuta quiera prolongar un proceso. Sino porque el aprendizaje profundo rara vez ocurre de forma instantánea. La confianza no aparece por decreto. La seguridad no puede imponerse. La dignidad tampoco. Todas ellas necesitan ser vividas.
Hay una imagen que suele acompañarme mientras trabajo. No imagino la terapia como alguien reparando una máquina averiada. Imagino a una persona que durante años caminó por un sendero porque estaba convencida de que era el único posible.
Ese sendero no era absurdo. La había mantenido con vida. La había protegido. La había ayudado a llegar hasta aquí. Lo único que ocurre es que ya no conduce al lugar donde desea vivir.
Entonces la terapia no destruye el antiguo camino. Hace algo mucho más respetuoso. Ayuda a descubrir que existe otro.
Y, al principio, ese nuevo camino resulta profundamente extraño. No porque sea incorrecto. Porque todo lo desconocido produce incertidumbre. Aceptar un elogio puede sentirse incómodo. Poner un límite puede generar culpa. Pedir ayuda puede parecer una imprudencia. Descansar puede activar ansiedad. No porque esas conductas sean peligrosas. Porque contradicen años de aprendizaje.
Y cada vez que alguien consigue permanecer en esa incomodidad sin regresar inmediatamente al antiguo patrón, ocurre algo extraordinario. No siempre visible. No siempre espectacular. Pero profundamente humano. El pasado pierde una pequeña parte de su autoridad.
No desaparece. Nunca desaparece del todo. Pero deja de ser el único intérprete posible del presente.
Tal vez ésa sea una de las definiciones más precisas que conozco del cambio psicológico. No borrar la historia. No olvidar el dolor. No convertirse en otra persona. Sino dejar de permitir que una experiencia antigua siga escribiendo, en exclusiva, el guión de la vida actual.
Porque el objetivo de la psicoterapia nunca ha sido fabricar personas distintas. Su tarea más profunda es otra. Ayudar a que una persona pueda, por primera vez, habitar su propia vida sin tener que seguir obedeciendo cada una de las lecciones que aprendió para sobrevivir.
II · TAL VEZ NUNCA FUE UNA CUESTIÓN DE AUTOESTIMA
Después de algunos años de trabajo clínico comencé a hacer un pequeño experimento mental. Cada vez que una persona decía:
—Tengo muy baja autoestima.
Intentaba traducir esa frase. No cambiar las palabras. Traducir la experiencia.
Poco a poco descubrí que debajo de esa misma expresión se escondían historias completamente distintas. Algunas personas querían decir: «No puedo dejar de exigirme.» Otras estaban diciendo: «Siento que siempre termino decepcionando a quienes amo.» Algunas confesaban, sin saberlo: «No sé quién soy cuando dejo de cuidar a los demás.» Y otras, quizá las más silenciosas, parecían expresar algo todavía más profundo: «Nunca he logrado sentir que mi existencia, por sí sola, sea suficiente.»
Fue entonces cuando comprendí que la palabra autoestima había terminado convirtiéndose en una especie de paraguas. Una sola palabra intentando contener dolores radicalmente diferentes.
Y cuando nombramos del mismo modo experiencias distintas, inevitablemente comenzamos a buscar la misma solución para todas ellas. Pero la vida rara vez funciona así.
Hay personas que necesitan descubrir que pueden reconocer sus capacidades sin convertirlas en una medida de su valor. Otras necesitan experimentar que equivocarse no implica perder el afecto. Algunas requieren recuperar la confianza en su propio criterio. Y otras, quizá muchas más de las que imaginamos, necesitan vivir por primera vez una experiencia completamente nueva. La experiencia de no tener que hacer nada extraordinario para merecer un lugar.
Porque existe una diferencia inmensa entre sentirse valioso por lo que uno consigue y sentirse valioso por el simple hecho de existir.
La primera sensación siempre depende de algo externo. Puede desaparecer con un fracaso. Con una enfermedad. Con el paso del tiempo. Con la jubilación. Con el envejecimiento. Con una pérdida.
La segunda permanece incluso cuando todo lo demás cambia. No porque la persona llegue a considerarse perfecta. Sino porque ha descubierto algo mucho más profundo. Que el valor de una vida nunca fue equivalente a su rendimiento.
Vivimos en una cultura obsesionada con medir. Medimos la productividad. La inteligencia. La belleza. La juventud. Los ingresos. La influencia. Los seguidores. Las publicaciones. Los resultados.
Poco a poco terminamos creyendo que también nuestra dignidad debe poder demostrarse. Como si existir fuera un examen permanente. Como si la vida estuviera siempre esperando nuevas credenciales.
Tal vez por eso tantas personas viven agotadas. No están intentando construir una buena vida. Están intentando aprobar una prueba que nunca termina. Una prueba cuyas reglas cambian constantemente. Y cuyo premio, curiosamente, nunca produce descanso.
Porque el problema nunca fue el examen. Fue creer que nuestra existencia dependía de aprobarlo.
Hay una escena que vuelve una y otra vez a mi consulta. No suele aparecer en el discurso. Aparece en el cuerpo. En la manera de sentarse. En la forma de minimizar el propio sufrimiento. En quien pide disculpas antes de hacer una pregunta. En quien resta importancia a cada logro. En quien necesita explicar durante varios minutos por qué tomó una decisión perfectamente legítima. Como si incluso allí tuviera que convencer al otro de que merece ser escuchado.
Cada vez que observo esa escena vuelvo a pensar lo mismo. Nadie nace pidiendo permiso para existir. Eso también se aprende.
Y si pudo aprenderse… quizá también pueda desaprenderse.
No borrando la historia. Eso sería imposible. Ni negando las heridas. Eso sería ingenuo. Sino dejando de obedecerlas como si todavía describieran el mundo en el que vivimos.
Porque existe una diferencia inmensa entre honrar nuestra historia y permanecer prisioneros de ella. La primera nos permite comprendernos. La segunda nos condena a repetirnos.
Y quizá crecer consista precisamente en ese movimiento delicado. Agradecer aquello que un día nos permitió sobrevivir… y, al mismo tiempo, atrevernos a reconocer que ya no necesitamos seguir viviendo exactamente del mismo modo.
Solo entonces aparece una pregunta completamente nueva. No la pregunta del niño que intentaba conservar el amor. Sino la pregunta del adulto que comienza, por fin, a habitar su propia existencia.
¿Quién podría llegar a ser si dejara de vivir intentando demostrar que merezco existir?
III · EL DERECHO A EXISTIR
Hasta aquí hemos hablado de autoestima. De apego. De adaptación. De supervivencia. De terapia. Pero sospecho que, en realidad, nunca estuvimos hablando únicamente de ninguna de esas cosas.
Estábamos hablando de algo más profundo. Algo que rara vez aparece escrito en los manuales y, sin embargo, atraviesa silenciosamente innumerables vidas.
Hay personas que no luchan por sentirse valiosas. Luchan por sentir que tienen derecho a ocupar un lugar en el mundo.
La diferencia puede parecer mínima. No lo es. Porque una cosa es preguntarse: «¿Soy suficientemente bueno?» Y otra completamente distinta es vivir, sin llegar siquiera a formularlo con palabras, preguntándose: «¿Tengo derecho a existir tal como soy?»
Cuando esa pregunta organiza una vida, todo se transforma en un examen. El descanso necesita justificarse. El placer necesita justificarse. El éxito necesita justificarse. Incluso el amor parece necesitar justificación. Nada resulta gratuito. Nada parece suficiente. Todo debe conquistarse una vez más.
Quizá por eso algunas personas llegan profundamente agotadas a la mitad de la vida. No porque hayan trabajado demasiado. Sino porque llevan décadas intentando demostrar algo que jamás debió necesitar demostración. Que merecen estar aquí.
Y quizá esa sea una de las herencias más dolorosas que puede dejar una historia temprana. No la falta de confianza. Sino la sensación de que la propia existencia siempre debe ser validada por alguien más.
Entonces la vida deja de ser un lugar para habitar. Se convierte en un tribunal. Cada conversación parece una evaluación. Cada error, una prueba. Cada conflicto, un posible veredicto. Cada silencio, una sentencia anticipada.
Y, sin embargo, lo extraordinario es que casi nadie vive esta experiencia de forma consciente. La llama personalidad. Dice: «Soy muy autoexigente.» «Siempre he sido así.» «Me cuesta pedir ayuda.» «No sé recibir.» «No sirvo para descansar.» «Necesito tener todo bajo control.» Como si estuviera describiendo rasgos estables de carácter. Y no las huellas de una historia.
Quizá ése sea uno de los mayores logros de las estrategias de supervivencia. Consiguen volverse invisibles. Se integran tan profundamente en nuestra manera de vivir que dejan de parecernos estrategias. Empiezan a parecernos identidad. Entonces dejamos de preguntarnos de dónde vienen. Solo intentamos convivir con ellas.
Pero toda estrategia tiene una lógica. Ninguna aparece por azar. El niño que aprendió a callar no era, necesariamente, un niño tímido. Tal vez era un niño que descubrió que el silencio protegía el vínculo. Quien se volvió impecable quizá no perseguía la excelencia. Perseguía seguridad. Quien desarrolló una independencia extrema tal vez no despreciaba la cercanía. Simplemente dejó de esperar que estuviera disponible.
Cuando comprendemos esto ocurre algo profundamente humano. La culpa comienza a perder fuerza. Y aparece la compasión. No esa compasión condescendiente que invita a justificarnos en todo. Sino una mucho más difícil. La que nos permite mirar nuestra historia sin despreciar a la persona que tuvimos que ser para atravesarla.
Porque nadie elige, a los seis años, convertirse en complaciente. Nadie decide, a los ocho, organizar su vida alrededor del miedo al rechazo. Nadie despierta una mañana de la adolescencia pensando que dedicará las siguientes cuatro décadas a demostrar que merece ser querido.
Esas decisiones nunca fueron verdaderas decisiones. Fueron adaptaciones. Y las adaptaciones pertenecen a la inteligencia de la supervivencia. No al fracaso del carácter.
Eso cambia también la forma de entender el crecimiento. Durante mucho tiempo imaginamos el desarrollo personal como un proceso de acumulación. Más seguridad. Más autoestima. Más confianza. Más recursos. Más herramientas.
Sin embargo, la experiencia clínica me ha ido convenciendo de algo diferente. Muchas veces crecer no consiste en agregar. Consiste en dejar de cargar. Dejar de sostener exigencias que nunca fueron nuestras. Dejar de obedecer miedos que pertenecen a otro momento de la vida. Dejar de organizar el presente con mapas dibujados para un pasado que ya terminó.
En ese sentido, madurar se parece menos a construir una identidad nueva que a recuperar una que quedó cubierta por demasiadas capas de adaptación. No se trata de inventar otro yo. Se trata de dejar aparecer el que nunca desapareció del todo.
Tal vez por eso las transformaciones profundas suelen vivirse con una sensación extraña. Muchas personas no dicen: «Siento que me convertí en otra persona.» Dicen algo muy distinto: «Siento que vuelvo a ser yo.»
Esa frase siempre me ha parecido extraordinaria. Porque contiene una intuición que la psicología apenas comienza a describir con precisión. Hay una parte de nosotros que nunca dejó de existir. Puede haber quedado escondida. Silenciada. Protegida. Confundida con años de supervivencia. Pero no desapareció. Esperó.
Esperó detrás de la autoexigencia. Detrás del miedo. Detrás del perfeccionismo. Detrás de la necesidad de agradar. Detrás de la aparente fortaleza. Esperó el momento en que vivir dejara de depender de seguir interpretando el mismo papel.
Y cuando ese momento llega, no sentimos que estamos fabricando una identidad. Sentimos que, por primera vez, dejamos de actuar.
Quizá crecer consista exactamente en eso. En dejar de representar el personaje que un día nos permitió sobrevivir para empezar, lentamente, a habitar la persona que siempre estuvo esperando detrás de él.
CODA · LO QUE UN NIÑO NUNCA DEBIÓ APRENDER
Si tuviera que resumir todo este ensayo en una sola imagen, elegiría una escena extraordinariamente sencilla.
Imaginaría a un niño. No hace nada extraordinario. No obtiene una medalla. No destaca sobre los demás. No intenta impresionar a nadie. No necesita demostrar inteligencia. No busca ser admirado.
Simplemente juega. Explora. Pregunta. Se maravilla. Llora cuando algo le duele. Ríe cuando algo lo alegra. Corre hacia quien lo protege. Se aleja cuando siente curiosidad. Descansa cuando está cansado. Necesita cuando necesita.
Existe. Y eso basta.
Quizá ésa era la primera verdad. Una verdad tan evidente que ningún niño necesita aprenderla. Porque la trae consigo.
Antes de las comparaciones. Antes de las exigencias. Antes de las calificaciones. Antes del miedo a decepcionar. Antes de descubrir que algunas emociones parecen aceptables y otras no. Antes de creer que el amor puede perderse. Antes de comenzar a confundirse con las estrategias que le permitieron sobrevivir.
Ningún niño debería crecer pensando que necesita convertirse en alguien distinto para merecer ser querido. Y, sin embargo, eso ocurre con mucha más frecuencia de la que quisiéramos admitir.
No siempre porque sus padres dejaran de amarlo. Sería una explicación demasiado simple. La mayoría de las veces ocurre porque los adultos también fueron niños que crecieron intentando responder preguntas parecidas. Ellos también aprendieron a callar. También confundieron el rendimiento con el reconocimiento. También heredaron miedos que nunca eligieron.
Las heridas que no logran comprenderse suelen transmitirse con una facilidad sorprendente. No porque alguien quiera hacerlo. Sino porque todos enseñamos, inevitablemente, la manera en que aprendimos a habitar el mundo.
Por eso este ensayo no busca señalar culpables. La culpa rara vez transforma. La comprensión, en cambio, puede abrir caminos.
Lo que intenta ofrecer es otra posibilidad. La posibilidad de mirar nuestra historia con una combinación difícil de sostener. Lucidez. Y compasión.
Lucidez para reconocer las adaptaciones que organizaron nuestra vida. Compasión para comprender que, antes de convertirse en obstáculos, fueron intentos profundamente inteligentes de conservar aquello que cualquier niño necesita para desarrollarse: el vínculo.
Comprender el origen de esas estrategias no cambia el pasado. No borra el dolor. No elimina las pérdidas. Pero puede cambiar algo decisivo. Puede cambiar la relación que mantenemos con nuestra propia historia. Y cuando esa relación cambia, también comienza a cambiar el futuro.
Quizá nunca naciste sin valor. Quizá naciste con la misma dignidad con la que nace cualquier ser humano.
Lo que ocurrió fue otra cosa. Creciste en un mundo que, por múltiples razones, no siempre supo devolverte esa verdad. Y cuando una verdad deja de ser reflejada durante demasiado tiempo, uno termina dudando de ella. No porque haya desaparecido. Sino porque dejó de encontrar un lugar donde reconocerse.
Pero una verdad olvidada no deja de ser verdad. Permanece silenciosa. Esperando. Esperando el momento en que alguien, una experiencia, una relación o incluso una página de un libro le permita volver a verse.
Tal vez eso sea, en el fondo, reconstruirse. No convertirse en alguien nuevo. No alcanzar una versión mejorada de uno mismo. No aprender a parecer más fuerte. Sino dejar, poco a poco, de vivir como si todavía fuera necesario demostrar aquello que nunca debió ponerse en duda. Que nuestra existencia necesita justificarse.
Porque quizá la tarea más importante de una vida no sea aprender cuánto valemos. Quizá sea recordar lo único que nunca perdimos, aunque durante años hayamos dejado de verlo.
Que no nacimos para demostrar que merecemos existir. Nacimos siendo ya dignos de hacerlo.
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