Mantente al día con las últimas investigaciones, tendencias y reflexiones en salud mental, psicoterapia y bienestar.
Especialista en salud mental
Suscríbete al blog
Recibe las últimas publicaciones en tu correo.
SENIORITY
Una obra en construcción
Una reflexión sobre el paso del tiempo, el crecimiento, la experiencia y la segunda mitad de la vida.
Los capítulos se publican progresivamente. No es necesario leerlos en orden.
CAPÍTULO 01
Sexalescencia
El territorio sin mapas de la segunda mitad
«El hombre llega a la mitad de su vida sin mapas, sin guías, sin caminos ya recorridos. Debe hacerse explorador.»
— Carl Gustav Jung
Hace algunos años, una expaciente me escribió por Instagram desde Lisboa. No era un mensaje especialmente trascendente. No hablaba de una crisis ni de una recaída. Decía algo mucho más sencillo: que Lisboa olía a mar incluso varias cuadras lejos del río, que todavía confundía algunas palabras del portugués europeo y que había conseguido un trabajo de media jornada en una pequeña librería del barrio donde estaba viviendo. Terminaba con una frase que todavía recuerdo casi de memoria: «Sigo teniendo miedo, Julio César. Solo que ahora pesa mucho menos».
Cada cierto tiempo vuelvo a leer ese mensaje. No por nostalgia, sino porque resume mejor que muchos artículos científicos una etapa de la vida para la que todavía no tenemos un lenguaje suficientemente preciso.
La había conocido algunos meses antes, cuando todavía vivía en Chile. Llegó a consulta en un momento de transición difícil. Tenía sesenta y tres años. Acababa de terminar una relación importante, estaba por dejar un trabajo donde llevaba más de dos décadas y hablaba de sí misma como si hubiese llegado a un lugar extraño del que nadie le había explicado las reglas.
Una sesión, casi al final del proceso, me contó algo que no esperaba. Había vendido buena parte de sus muebles. No porque necesitara el dinero. Porque no quería seguir viviendo rodeada de objetos que pertenecían a una versión anterior de sí misma.
Después vino la noticia que desconcertó incluso a sus amigos más cercanos: se iba seis meses a Lisboa. No conocía a nadie allí. No tenía familiares esperándola. No llevaba un gran proyecto profesional. Solo una mochila sorprendentemente pequeña para alguien que estaba cambiando de vida y una intuición difícil de explicar: necesitaba descubrir quién era cuando dejaba de cumplir todos los papeles que había desempeñado durante décadas.
Recuerdo haberle preguntado si tenía miedo.
Esperaba una respuesta larga, llena de matices. Sonrió apenas.
—Claro.
Hizo una pausa muy breve y agregó:
—¿No es acaso eso lo que confirma que algo vale la pena?
Durante algunos segundos ninguno de los dos dijo nada.
Como psicólogo estoy acostumbrado a que las personas lleguen buscando respuestas. Ese día tuve la impresión contraria: quien acababa de aprender algo era yo. Meses después llegó aquel mensaje desde Lisboa. No hablaba de felicidad permanente. No hablaba de una reinvención espectacular. Hablaba de una vida real. Del miedo que seguía ahí. Del idioma que todavía le costaba. De una ciudad que poco a poco empezaba a sentirse habitable. Y comprendí algo que, hasta ese momento, nunca había logrado formular del todo. Aquella mujer no estaba intentando volver a ser joven. Tampoco estaba resignándose a envejecer. Estaba haciendo algo para lo que nuestra cultura todavía no tiene un relato suficientemente claro. Estaba inaugurando una etapa completamente nueva. Y eso me llevó a una pregunta que probablemente también te incluye.
¿Qué nombre recibe una persona que ya no es joven, pero tampoco se reconoce en la imagen tradicional de la vejez? ¿Cómo se llama ese territorio donde el cuerpo empieza a cambiar, pero la curiosidad permanece; donde los hijos muchas veces ya hicieron su vida, mientras los padres comienzan a necesitar cuidados; donde la carrera profesional deja de ser el único centro de gravedad, pero la sensación de propósito sigue siendo indispensable?
Existe una grieta profunda en la manera en que el mundo contemporáneo entiende el tiempo humano. Una grieta silenciosa. No suele aparecer en las conversaciones cotidianas, ni en los discursos políticos, ni en la publicidad, ni siquiera en muchos libros sobre envejecimiento. Pero millones de personas la experimentan con una claridad casi física cuando se miran al espejo y descubren que la imagen que devuelve el vidrio ya no coincide con ninguna de las historias que la cultura les ofrece para explicar quiénes son. No son jóvenes. Pero tampoco son viejos. Y, sin embargo, viven como si tuvieran por delante veinte o treinta años más de decisiones importantes.
Viajan. Se enamoran. Emprenden. Se divorcian. Estudian otra carrera. Aprenden idiomas. Cuidan a sus padres mientras ayudan a sus hijos y, muchas veces, conocen por primera vez a sus nietos. Tienen más libertad que nunca y, al mismo tiempo, menos certezas que en cualquier otra etapa de su vida. Lo extraordinario es que todo eso ocurre en un territorio que casi nadie nombró. Y cuando una cultura no tiene palabras para describir una etapa de la vida, tampoco tiene mapas para orientarla.
El mapa que heredamos
Hay una razón por la que tantas personas llegan a esta etapa sintiendo que algo no encaja, aunque objetivamente les vaya bien. No es un problema individual. Es un problema de mapas.
Vivimos más que cualquier generación anterior, llegamos en mejores condiciones físicas y cognitivas a edades que antes se asociaban con el final de la vida y disponemos de décadas adicionales que nuestros abuelos simplemente nunca tuvieron. Sin embargo, seguimos interpretando ese tiempo con un modelo construido para una realidad que ya no existe.
Durante siglos, el recorrido vital fue relativamente simple. Se nacía, se crecía, se trabajaba, se criaban hijos si los había y, pocos años después, comenzaba una vejez que era, sobre todo, una etapa de retirada. La esperanza de vida hacía que ese relato tuviera sentido. No era un prejuicio: era una descripción bastante fiel de la realidad.
Hoy ya no.
Hoy una persona de sesenta años puede tener por delante un cuarto de siglo de vida activa. A los sesenta y cinco todavía puede enamorarse, iniciar un proyecto, estudiar una carrera, cambiar de país, fundar una empresa o comenzar una actividad artística que nunca antes tuvo tiempo de explorar. Y, sin embargo, muchas veces sigue sintiendo que debería comportarse como si estuviera entrando en el epílogo de su historia.
No porque el cuerpo se lo diga. Porque el relato cultural insiste en repetírselo. Es una situación curiosa. Hemos cambiado radicalmente el territorio, pero seguimos utilizando el mismo mapa. Y cuando el mapa deja de corresponder al territorio, el problema no es el territorio. Es el mapa.
Carl Gustav Jung fue uno de los primeros en advertir que la segunda mitad de la vida no podía vivirse con las mismas reglas que la primera. Observó que muchas personas llegaban a la mediana edad intentando resolver problemas nuevos con estrategias que habían sido exitosas décadas antes, sin advertir que el escenario había cambiado por completo. La primera mitad de la vida —decía— suele estar orientada a construir una identidad: estudiar, trabajar, encontrar un lugar en el mundo, formar vínculos, demostrar capacidad. La segunda exige otra tarea, mucho más difícil y menos visible: preguntarse quién queda cuando todas esas identidades ya no bastan para definirnos.
No es casual que tantas crisis aparezcan precisamente en ese momento. Desde afuera, la vida puede verse perfectamente ordenada. Hay experiencia, estabilidad económica, reconocimiento profesional, incluso libertad. Pero por dentro emerge una pregunta que no existía antes: ¿y ahora qué?
No es una pregunta sobre productividad. Es una pregunta sobre sentido. Y las preguntas sobre sentido no se responden con un ascenso, un aumento de sueldo o un nuevo título profesional. Se responden reconstruyendo el mapa. Lo paradójico es que la mayoría intenta resolver esa sensación haciendo más de lo mismo. Trabaja más. Consume más. Compra otra casa, otro automóvil o emprende una carrera desesperada por parecer diez años más joven. Son intentos comprensibles, pero parten de un supuesto equivocado: que el problema está en haber perdido algo. Muchas veces no hemos perdido nada. Simplemente llegamos a un territorio para el cual nadie nos entregó instrucciones.
Por eso esta etapa suele sentirse tan desconcertante. No porque falten capacidades, sino porque sobran posibilidades. Durante décadas la vida estuvo organizada alrededor de objetivos bastante claros: terminar los estudios, conseguir trabajo, consolidar una profesión, formar una familia, pagar una casa, criar hijos. Eran metas exigentes, pero visibles. Uno sabía, más o menos, cuál era el siguiente paso.
En cambio, cuando buena parte de esos objetivos ya se cumplieron —o cuando definitivamente dejaron de ser posibles— aparece una libertad extraña. Una libertad que no siempre se vive como alivio. A veces se experimenta como vértigo.
¿Qué hago ahora con los próximos veinte o treinta años?
Ninguna generación anterior tuvo que responder esa pregunta de manera tan masiva como la nuestra. Y, sin embargo, seguimos actuando como si esa etapa fuera apenas una sala de espera antes del verdadero final. Quizá ahí esté el error más profundo. No estamos asistiendo a una prolongación de la vejez. Estamos presenciando el nacimiento de una etapa completamente nueva del desarrollo humano. Y cuando una especie inaugura un territorio nuevo, lo primero que necesita no son respuestas. Necesita palabras.
Ya nos ocurrió una vez
Parece una idea evidente, pero en realidad es muy reciente: la adolescencia no existió siempre.
No me refiero, por supuesto, a los cambios biológicos de la pubertad. Esos han acompañado a nuestra especie desde siempre. Me refiero a la adolescencia como etapa diferenciada de la vida, con una identidad propia, una psicología particular y un lugar reconocible dentro de la cultura.
Durante la mayor parte de la historia humana, una persona dejaba de ser niño y, casi de inmediato, pasaba a ser considerada un adulto. A los trece o catorce años ya trabajaba, asumía responsabilidades económicas, contraía matrimonio en muchas sociedades o participaba plenamente de la vida productiva de la comunidad. No existía un período intermedio dedicado a «descubrir quién soy». Simplemente no había tiempo para ello.
Imagina por un momento que hubieras nacido en Europa hacia 1850.
Con catorce años probablemente ya estarías trabajando junto a tu padre, aprendiendo un oficio o ayudando a sostener a tu familia. Nadie hablaría de una crisis adolescente. Nadie preguntaría por tu identidad. Nadie asumiría que necesitabas varios años para descubrir quién eras antes de incorporarte plenamente a la vida adulta. No porque las personas fueran psicológicamente distintas. Porque la sociedad era distinta. Las palabras con las que describimos la vida cambian cuando cambia la vida misma.
Fue recién a finales del siglo XIX y comienzos del XX cuando la escolarización obligatoria se extendió, disminuyó el trabajo infantil, aumentó la expectativa de vida y apareció un espacio biográfico completamente nuevo entre la infancia y la adultez. Los jóvenes permanecían más tiempo estudiando, dependían económicamente de sus familias durante más años y comenzaban a construir una identidad antes de incorporarse plenamente al mundo adulto. Primero apareció el fenómeno. Después apareció la palabra.
En 1904, el psicólogo estadounidense G. Stanley Hall publicó Adolescence, una obra monumental que dio forma científica a esa nueva etapa del desarrollo humano. Lo que hasta entonces había sido una transición relativamente breve comenzó a entenderse como un período con desafíos, conflictos y tareas propias.
Con el tiempo, la cultura hizo el resto. Hoy nos parece absolutamente natural hablar de adolescentes. No nos sorprende que un joven de quince años todavía dependa de sus padres, experimente cambios de identidad o necesite años para descubrir qué quiere hacer con su vida. Pero esa naturalidad es engañosa. Hace poco más de un siglo, esas mismas conductas habrían sido interpretadas de otra manera porque el mapa cultural era completamente distinto. Lo interesante es que nadie decidió, en una reunión internacional, inventar la adolescencia. La sociedad cambió. Y el lenguaje tuvo que ponerse al día. Creo que hoy estamos viviendo un proceso extraordinariamente parecido. Solo que al otro extremo de la vida.
Una etapa nueva… sin nombre
La esperanza de vida aumentó de manera espectacular durante el último siglo. En muchos países, llegar a los ochenta o incluso a los noventa años dejó de ser una excepción. Pero el cambio más importante no es solamente que vivamos más tiempo.
Es cómo vivimos ese tiempo.
Nuestros abuelos llegaban a los sesenta con cuerpos mucho más castigados, trayectorias laborales mucho más rígidas y una expectativa cultural bastante clara: retirarse progresivamente de la vida pública.
Hoy la realidad es otra.
Una mujer de sesenta y cinco años puede estar aprendiendo italiano porque quiere recorrer la Toscana. Un hombre de sesenta puede iniciar un emprendimiento después de cerrar una carrera corporativa de treinta años. Otra persona puede divorciarse, volver a enamorarse, estudiar psicología, aprender fotografía o irse a vivir sola por primera vez en décadas. No son excepciones extravagantes. Cada año son más frecuentes. Y, sin embargo, seguimos llamando «vejez» a una etapa que se parece muy poco a la vejez que conocieron nuestros padres. Eso explica parte de la confusión. Las personas no solo viven una realidad nueva. La viven utilizando palabras antiguas. Y las palabras importan mucho más de lo que solemos creer. Porque las palabras no solo describen la realidad. También le dicen a nuestro cerebro qué esperar de ella. Si todo lo que escucho acerca de los sesenta años habla de deterioro, despedidas y pérdida, será difícil imaginar proyectos cuando llegue ese momento. Si el único relato disponible es el declive, cualquier deseo de empezar algo nuevo parecerá casi una extravagancia. Pero basta mirar alrededor para descubrir que millones de personas ya no están viviendo esa historia. Están viviendo otra. Todavía sin nombre. Como ocurrió con la adolescencia hace poco más de un siglo.
Nombrar cambia la manera de vivir
La psicología conoce bien este fenómeno. Cuando una experiencia no tiene nombre, suele vivirse como un problema individual. En cambio, cuando una cultura logra nombrarla, aparece algo profundamente tranquilizador: comprendemos que no somos los únicos atravesándola. Eso ocurrió con la depresión, con el estrés postraumático, con el duelo complejo y con tantos otros fenómenos que existían mucho antes de recibir un nombre. El lenguaje no crea la experiencia. La hace visible. Y cuando una experiencia se vuelve visible, también puede estudiarse, comprenderse y acompañarse mejor. Creo que estamos exactamente en ese punto respecto de esta nueva etapa de la vida. No estamos inventando personas nuevas. Estamos aprendiendo a nombrar una realidad que ya existe. Una realidad donde todavía hay deseo, proyectos, curiosidad, creatividad, sexualidad, capacidad de aprender y de cambiar, pero también aparecen pérdidas, redefiniciones, incertidumbres y preguntas que ninguna generación anterior tuvo que sostener durante tanto tiempo. Quizá por eso tantas personas sienten que viven en una especie de tierra de nadie. No son jóvenes. Pero tampoco se reconocen en la palabra «viejos». No están terminando la vida. Están aprendiendo una forma completamente distinta de vivirla. Y toda etapa nueva comienza exactamente igual. Con personas que llegan antes que los mapas.
Primero llega la experiencia. Después aparece la palabra.
Quizá mientras lees estas páginas ya te han venido algunas imágenes a la cabeza. No necesariamente grandes acontecimientos. Más bien pequeñas escenas cotidianas. Te descubres mirando ofertas de trabajo y, por primera vez, dudas si tu edad será una ventaja o un problema. Tu experiencia nunca había valido tanto y, al mismo tiempo, nunca habías sentido que algunos empezaban a mirarte como si pertenecieras a otra generación. Tus hijos ya no te necesitan para las mismas cosas. Durante años tu vida giró alrededor de ellos y, casi sin darte cuenta, un día la casa quedó más silenciosa. Nadie te preparó para esa mezcla extraña entre alivio y nostalgia. Recuperas tiempo, pero también desaparece una identidad que durante décadas organizó tus días: dejar de ser el centro de la vida cotidiana de tus hijos es una pequeña forma de duelo que casi nunca nombramos. O quizá ocurre al revés. Mientras tus hijos empiezan a construir su autonomía, tus padres comienzan lentamente a perder la suya. Un sábado estás ayudando a tu hija a elegir universidad y el domingo acompañas a tu padre a un examen médico. Durante algunos años perteneces simultáneamente a dos generaciones: todavía eres hijo, pero cada vez te pareces más al adulto responsable de la familia.
También cambia el trabajo. Durante décadas tu valor estuvo asociado a demostrar capacidad. Ahora descubres algo inesperado: ya no necesitas demostrar tanto. Lo que otros esperan de ti no es velocidad, sino criterio. No que seas quien corre más rápido, sino quien sabe cuándo conviene correr y cuándo detenerse. Sin embargo, muchas organizaciones siguen premiando la juventud como si la experiencia fuera apenas una antigüedad administrativa y no una forma distinta de inteligencia.
Y luego está el cuerpo. No se rompe de un día para otro. Negocia. Habla otro idioma. Pide más descanso para recuperarse de un entrenamiento que hace diez años parecía rutinario. Un desvelo tarda dos días en pagarse. Las rodillas empiezan a opinar. La vista exige más luz para leer. La recuperación ya no ocurre sola; requiere intención.
Curiosamente, mientras algunas capacidades disminuyen, otras aparecen con una claridad que antes no existía. Toleras menos el drama. Discutes menos por tener razón. Empiezas a distinguir con mayor rapidez qué problemas son realmente importantes y cuáles solo consumen energía. Aprendes que muchas conversaciones no necesitan ganarse, sino comprenderse. Descubres que decir «no» puede ser una forma de honestidad y no de egoísmo. Y algo todavía más interesante: empiezas a sospechar que el éxito no siempre era aquello que perseguías con tanta intensidad veinte años atrás. No porque hayas renunciado a la ambición. Porque cambió la pregunta. Ya no se trata únicamente de cuánto puedes lograr. Empieza a importar profundamente cómo quieres vivir. Es una transformación silenciosa. No ocurre el día del cumpleaños número cincuenta. No aparece cuando cumples sesenta. No hay una ceremonia que anuncie el cambio. Sucede poco a poco, casi sin hacer ruido, hasta que un día descubres que los criterios con los que organizabas tu vida ya no alcanzan para explicar quién eres. Y ahí aparece una sensación desconcertante. No te sientes viejo. Pero tampoco joven. Te descubres habitando una tierra intermedia para la cual nadie escribió instrucciones. Muchos interpretan ese desconcierto como una crisis. Yo creo que es exactamente lo contrario. Creo que es una transición del desarrollo. Una transición tan profunda como la adolescencia, pero mucho menos estudiada. Porque, igual que un adolescente deja de ser niño antes de sentirse adulto, quien entra en esta etapa deja de reconocerse en la juventud mucho antes de identificarse con la idea tradicional de la vejez. Está dejando atrás una identidad. Todavía no construye la siguiente. Y ese espacio intermedio siempre produce incertidumbre. No porque estemos perdidos. Porque estamos cambiando.
Sexalescencia: cuando la cultura llega tarde
Fue precisamente intentando describir este fenómeno que comenzó a utilizarse un término que, aunque todavía no forma parte del lenguaje cotidiano, captura bastante bien lo que millones de personas están viviendo: sexalescencia.
La palabra nació por analogía con la adolescencia. Si aquella nombró el período de transición entre la infancia y la adultez, la sexalescencia intenta nombrar otra transición: la que aparece, aproximadamente, entre los cincuenta y los setenta años, cuando la persona ya no vive como un adulto joven, pero tampoco encaja en la definición clásica de vejez.
No describe una edad exacta. Describe una transformación. Como toda buena palabra, no inventa el fenómeno. Simplemente permite verlo. Y una vez que empezamos a verlo, resulta difícil dejar de reconocerlo en todas partes. Pero ponerle nombre a una etapa no basta. El verdadero desafío comienza cuando descubrimos que seguimos interpretándola con historias escritas para otra época. Porque las personas no solo vivimos más años: también vivimos dentro de los relatos que una cultura construye sobre cada edad. Y algunos de esos relatos envejecieron mucho antes que nosotros.
El relato también envejece
Existe una pregunta que rara vez nos hacemos. ¿En qué momento empezamos a creer que después de cierta edad la historia importante ya había terminado? Nadie recuerda haber tomado esa decisión. Sin embargo, casi todos cargamos con ella. Está en las películas donde el protagonista siempre es joven y las personas mayores aparecen para dar un consejo antes de desaparecer de la historia. Está en los avisos laborales que hablan de «perfiles dinámicos» como si el dinamismo tuviera fecha de vencimiento. Está en la publicidad que promete «verse diez años más joven», pero casi nunca «vivir con plenitud los próximos veinte». Está incluso en conversaciones cotidianas donde alguien de cincuenta y cinco años dice, medio en broma y medio en serio: «Ya estoy viejo para eso».
Lo sorprendente es que muchas veces el cuerpo no dijo nada. Lo dijo el relato. Las culturas no solo organizan instituciones. También organizan expectativas. Nos enseñan cuándo se supone que debemos estudiar, enamorarnos, tener hijos, consolidar una carrera, jubilarnos e, incluso, cuándo deberíamos dejar de esperar grandes cambios.
El problema aparece cuando la biografía deja de coincidir con ese calendario. Hoy miles de personas llegan a los sesenta con energía, salud, experiencia y décadas por delante. Sin embargo, continúan evaluando su vida con un guión escrito para una sociedad donde muy pocos alcanzaban esa edad en buenas condiciones. Es como intentar navegar un país que cambió completamente utilizando un mapa impreso hace cien años. No importa cuánto mires el papel. El camino ya no está ahí.
El edadismo comienza por dentro
Cuando pensamos en edadismo solemos imaginar discriminación. Y, por supuesto, existe. Empresas que descartan currículums por la fecha de nacimiento. Médicos que atribuyen cualquier síntoma a «cosas de la edad». Medios que presentan el envejecimiento como una enfermedad que debe ocultarse. Todo eso ocurre. Pero hay una forma mucho más silenciosa y, probablemente, más peligrosa. El edadismo que terminamos ejerciendo sobre nosotros mismos. Es un fenómeno fascinante desde el punto de vista psicológico. Después de escuchar durante décadas el mismo relato, llega un momento en que ya no hace falta que nadie nos limite. Nos limitamos solos. No postulamos a un trabajo porque asumimos que buscarán gente más joven. No aprendemos un idioma porque pensamos que «ya pasó el momento». No empezamos un proyecto porque sentimos que «a esta altura» no tiene sentido. No nos enamoramos porque creemos que ciertas historias pertenecen únicamente a la juventud. La prisión termina instalada por dentro. Y eso cambia por completo la conversación. Porque el problema deja de ser únicamente social. Se convierte también en un problema psicológico.
La consulta
Lo veo con frecuencia en el consultorio. No suele llegar alguien diciendo: «Tengo edadismo internalizado». Llega de otra manera. Llega una mujer de sesenta años que quiere volver a estudiar, pero se siente ridícula imaginándose sentada junto a compañeros de veinte.
Llega un ejecutivo de cincuenta y ocho que perdió su trabajo y está convencido de que nadie volverá a contratarlo, aun cuando posee una experiencia que hace diez años habría sido extraordinariamente valiosa.
Llega un hombre recién jubilado que llevaba treinta y cinco años diciendo que quería pintar. Ahora tiene tiempo. Tiene recursos. Tiene salud. Pero no logra empezar. No porque le falte talento. Porque siente que «ya no corresponde».
Hace poco un paciente me dijo algo que resume muy bien este fenómeno.
—Julio César, siento que todavía tengo ganas de vivir muchas cosas, pero me da vergüenza tenerlas.
Esa frase me impresionó profundamente. No decía que hubiera perdido el deseo. Decía que había empezado a desconfiar de su propio deseo. Como si existir un poco más allá de cierta edad necesitara justificación.
Cuando el mapa se convierte en destino
La psicología conoce desde hace décadas un fenómeno llamado profecía autocumplida. Creemos algo acerca de nosotros. Actuamos como si fuera cierto. Y, poco a poco, terminamos produciendo el resultado que temíamos. Con la edad ocurre algo parecido. Si una persona escucha durante treinta años que después de los sesenta todo será pérdida, probablemente reduzca proyectos, disminuya desafíos, abandone aprendizajes y empiece a retirarse antes de que su cuerpo realmente lo necesite. No envejece primero el organismo. Envejece la expectativa. Y eso modifica la conducta. La conducta modifica el cerebro. El cerebro modifica la vida. Es un círculo silencioso. Por eso nombrar esta nueva etapa importa tanto. Porque cuando cambiamos el relato, también ampliamos el horizonte de decisiones posibles. No se trata de negar que el cuerpo cambia. Sería absurdo. Se trata de dejar de confundir cambio con desaparición. La juventud pierde algunas cosas. La madurez también gana otras. Y el gran error de nuestra cultura ha sido mirar únicamente la primera mitad de esa ecuación.
Habitar un territorio nuevo
Hace poco más de un siglo la humanidad tuvo que aprender qué significaba ser adolescente. Antes de eso no existían manuales, ni psicólogos especializados, ni investigaciones sobre esa etapa del desarrollo. Nadie hablaba de identidad adolescente porque esa realidad todavía no había sido reconocida. Primero aparecieron millones de personas viviendo una experiencia nueva; después llegó el lenguaje para nombrarla y, finalmente, el conocimiento para comprenderla.
Creo que hoy estamos atravesando un proceso muy parecido.
Vivimos más años, llegamos en mejores condiciones físicas y cognitivas a edades que antes marcaban el comienzo del final, y disponemos de décadas adicionales para las cuales todavía no hemos construido un relato suficientemente sólido. Tenemos más tiempo, más salud y más libertad que cualquier generación anterior, pero seguimos intentando interpretar esa realidad con categorías diseñadas para otro mundo.
Por eso tantas personas sienten que algo no encaja. No porque estén haciendo mal las cosas, sino porque el mapa cultural todavía va varios kilómetros detrás del territorio. En cierto sentido, somos una generación de transición. Nuestros padres apenas comenzaron a vislumbrar este nuevo escenario; nosotros tendremos que aprender a habitarlo. Eso implica cometer errores, probar caminos, cuestionar creencias que parecían obvias y aceptar que muchas de las respuestas que buscamos todavía no existen. Las estamos construyendo mientras vivimos.
Quizá dentro de cien años resulte perfectamente natural pensar que entre la adultez temprana y la vejez existe una etapa propia, con desafíos, oportunidades y tareas de desarrollo específicas. Tal vez nuestros nietos encuentren extraño que alguna vez se considerara «vieja» a una persona de sesenta años que todavía tenía energía para iniciar proyectos, enamorarse, aprender un idioma o reinventar su vida profesional. Las culturas cambian lentamente, pero cambian. También cambia la forma en que entendemos las edades. Y esa constatación tiene algo profundamente esperanzador. Significa que no estamos llegando tarde a una historia escrita por otros. Estamos participando en la escritura de una historia nueva.
Volver a mirar la segunda mitad de la vida no consiste en negar que el cuerpo cambia o que existen pérdidas. Sería ingenuo hacerlo. Consiste en reconocer que, junto con esas pérdidas, aparecen capacidades que antes no estaban disponibles: más criterio, mayor libertad respecto de la mirada ajena, una comprensión más profunda de uno mismo, una mejor capacidad para distinguir lo importante de lo accesorio y, sobre todo, la posibilidad de vivir con un propósito menos condicionado por la necesidad de demostrar quiénes somos. Eso, precisamente, es el seniority. No una edad. No un número. No una nostalgia por la juventud perdida. Sino una manera distinta de habitar la experiencia.
A veces vuelvo a pensar en aquella paciente que, años después de terminar su proceso terapéutico, me escribió desde Lisboa. No me habló de monumentos ni de restaurantes. Tampoco me habló del miedo. Me habló del olor de los naranjos en flor. Ese detalle, que podría parecer insignificante, me conmovió profundamente. Durante años había vivido tan ocupada sobreviviendo que apenas podía registrar el mundo que la rodeaba. En Lisboa descubrió algo mucho más importante que una ciudad: descubrió una versión de sí misma capaz de caminar despacio, de equivocarse sin sentirse fracasada y de disfrutar un paisaje sin la necesidad de controlar cada paso. En realidad, el viaje nunca fue a Portugal. Fue hacia ella misma. Quizá eso sea la madurez. No la desaparición del miedo, sino el desarrollo del criterio suficiente para que el miedo deje de decidir por nosotros. No la ausencia de incertidumbre, sino la confianza de que podremos responder cuando aparezca. No la ilusión de que el mapa será perfecto, sino la serenidad de saber orientarnos incluso cuando el camino todavía no está dibujado. Porque esa es, probablemente, la gran tarea de nuestra generación. Aprender a vivir una etapa de la vida que nadie nos enseñó a habitar. Construir un lenguaje nuevo para una realidad nueva. Y descubrir que los mejores años no siempre son los primeros, sino aquellos en los que dejamos de preguntarnos cuántos años tenemos y empezamos, por fin, a preguntarnos qué queremos hacer con los años que todavía nos quedan.
Durante años pensé que mi trabajo consistía en ayudar a las personas a resolver problemas.
Hoy creo que, muchas veces, consiste en algo más simple y más profundo: ayudarlas a dejar de pelear con la etapa de la vida que están viviendo. Porque nadie puede disfrutar un territorio que considera un error. Y quizá ese sea el mayor daño que produce el edadismo: no solo nos convence de que el cuerpo cambia. Nos convence de que cambiar equivale a perder. No es verdad. Cada etapa pierde algo. Cada etapa también entrega algo que ninguna otra podía ofrecer. La infancia nos regala asombro. La juventud, impulso. La adultez temprana, construcción. La madurez entrega otra cosa. Perspectiva. Libertad. Discernimiento. La posibilidad de vivir menos preocupado por demostrar quién eres y mucho más ocupado en decidir quién quieres seguir siendo. Eso es, para mí, el seniority. No el privilegio de haber acumulado años. Sino el privilegio de haber aprendido de ellos. Y quizá esa sea la verdadera invitación de este capítulo. No esperar a que la cultura escriba el relato de esta nueva etapa. Escribirlo nosotros. Con nuestras decisiones. Con nuestros vínculos. Con la manera en que elegimos cuidar el cuerpo, amar, trabajar, aprender y seguir empezando. Porque, al final, la pregunta nunca fue cuántos años tienes. La pregunta es otra.
¿Qué vas a hacer con la persona en la que te has convertido?
Y esa respuesta, por fortuna, todavía sigue escribiéndose.
Si este capítulo te ayudó a comprender algo importante sobre la etapa que estás viviendo y sientes que ha llegado el momento de trabajarla con mayor profundidad, puedes conocer aquí cómo iniciar un proceso terapéutico en Instituto Kintsugi.
Comentarios
Los comentarios están cerrados para esta entrada.