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SENIORITY
Una obra en construcción
Una reflexión sobre el paso del tiempo, el crecimiento, la experiencia y la segunda mitad de la vida.
Los capítulos se publican progresivamente. No es necesario leerlos en orden.
CAPÍTULO 03
Elegir tripulación en la segunda mitad de la vida
Vínculos esenciales y cómo decidir quiénes te acompañarán en esta etapa
Hay una imagen que ayuda a comprender algo que aparece con especial claridad cuando la vida ya recorrió una parte importante de su trayectoria: no estamos esperando a que el viaje comience. Estamos viajando.
Durante años vivimos como si el tiempo fuera una carretera abierta en ambas direcciones, como si siempre existiera una salida, un retorno, una nueva oportunidad para comenzar de nuevo. Si una relación no funcionaba, podíamos terminarla y volver a intentarlo. Si habíamos elegido mal una profesión, todavía parecía posible cambiarla. Si habíamos dejado a alguien atrás, podíamos imaginar que algún día habría tiempo para buscarlo. Incluso nuestros errores parecían contener una promesa silenciosa: todavía queda tiempo.
Y, en cierta medida, era verdad. La juventud necesita esa sensación de amplitud para explorar, equivocarse, cambiar de dirección y descubrir quiénes somos. Pero llega un momento en que la percepción comienza a modificarse. No porque las posibilidades desaparezcan, ni porque después de los cincuenta la vida se vuelva estrecha —puede ocurrir exactamente lo contrario—, sino porque empezamos a comprender que las posibilidades futuras ocurren dentro de un tiempo que ya no es infinito.
En este libro aparece una imagen que puede ayudarnos a entenderlo: la de un vuelo transoceánico. Hay un momento en que el avión ha cargado combustible, ha despegado, ha tomado altura y ha avanzado lo suficiente como para que regresar al aeropuerto de origen deje de ser una posibilidad real. El piloto todavía puede corregir el rumbo, enfrentar una tormenta, desviarse o modificar la trayectoria. Lo que ya no puede hacer es volver exactamente al punto desde el cual partió y comenzar nuevamente como si nada hubiera ocurrido.
La vida tiene algo de eso. No como una amenaza, sino como una verdad. Hay un momento en que ya no podemos seguir viviendo como si todo pudiera postergarse. No podemos recuperar el martes que dejamos pasar. No podemos devolverle la infancia a un hijo adulto. No podemos volver a tener treinta años. No podemos recuperar exactamente el cuerpo que teníamos antes de una enfermedad. No podemos regresar a una relación y encontrarla intacta después de veinte años. Podemos reparar, reconstruir, pedir perdón, comenzar de nuevo, cambiar de dirección y tomar decisiones extraordinarias, pero no podemos recuperar el trayecto recorrido.
Podemos corregir el rumbo. No podemos recuperar el viaje.
Quizá por eso algunas cosas empiezan a sentirse diferentes después de los cincuenta. Una conversación que durante años habríamos postergado comienza a parecernos urgente. Una amistad que ya no funciona puede empezar a resultarnos demasiado costosa para mantenerla solamente por costumbre. Una relación que no tiene futuro deja de parecer una aventura indefinida y comienza a revelar sus límites. Una enfermedad cercana modifica nuestra percepción del tiempo. La muerte de alguien conocido deja de sentirse como una noticia lejana. El cuerpo comienza a recordarnos que también forma parte de la historia.
Y, poco a poco, aparece una pregunta que durante décadas pudo permanecer en segundo plano: ¿con quién quiero hacer el resto de este viaje?
No es una pregunta sobre quiénes han formado parte de nuestra vida. Tampoco sobre cuántos amigos tenemos, cuántas personas nos quieren o cuántos nombres podríamos reunir alrededor de una mesa. Es una pregunta más exigente. Pregunta quiénes queremos tener a bordo cuando la nave entre en la parte del trayecto que todavía no conocemos.
Porque el viaje que queda no será necesariamente más fácil. Habrá días extraordinarios, por supuesto. Habrá descubrimientos, viajes, encuentros, proyectos, sexualidad, amistad, nietos para algunos, nuevos amores para otros, aprendizajes, lugares que todavía no conocemos y experiencias que hoy ni siquiera imaginamos. Pero también habrá incidencias: gastos inesperados, malas noticias, enfermedades, pérdidas, cansancio, problemas familiares, disminución de energía, transformaciones del cuerpo y momentos en que uno de nosotros tendrá que sostener al otro.
La segunda mitad de la vida no es el momento en que desaparecen las tormentas. Es el momento en que comenzamos a comprender que la calidad de nuestra tripulación importa tanto como la dirección de la nave.
Una tripulación preparada para un viaje extraordinario
Existe algo particularmente hermoso en observar a los astronautas elegidos para las misiones más complejas de la exploración espacial y preguntarnos qué los llevó hasta allí. En abril de 2026, la misión Artemis II llevó a cuatro seres humanos alrededor de la Luna y de regreso a la Tierra: Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen. El viaje duró diez días y llevó a la tripulación más lejos de nuestro planeta que cualquier ser humano antes que ellos.
No llegaron allí por casualidad, ni porque fueran simplemente personas inteligentes o talentosas. Había detrás de cada uno una enorme acumulación de formación, entrenamiento, experiencia profesional, disciplina y capacidad para trabajar como parte de una tripulación en condiciones extraordinarias. Tres de ellos tenían además experiencia como pilotos militares, y dos habían sido pilotos de pruebas.
Esa experiencia no es un detalle menor. Un piloto de pruebas debe aprender a trabajar con sistemas nuevos, reconocer anomalías, tomar decisiones bajo presión y responder cuando las condiciones reales no coinciden exactamente con lo esperado. No basta con conocer un manual. Hay que saber qué hacer cuando el manual todavía no contiene la respuesta.
La NASA no selecciona a una persona para enviarla a la Luna porque tenga cincuenta años. La selecciona porque ha alcanzado un nivel extraordinario de preparación. La edad puede formar parte de esa trayectoria, pero no es el mérito. Lo esencial es todo aquello que se ha construido durante los años anteriores: conocimiento, experiencia, entrenamiento, capacidad de decisión, liderazgo, autocontrol y trabajo en equipo.
Y aquí la imagen comienza a tocarnos personalmente. Porque nosotros tampoco llegamos a los cincuenta o sesenta simplemente acumulando cumpleaños. Hemos estado entrenando. La vida nos ha entrenado, aunque nadie nos entregó un programa de estudios. Nos entrenó el primer fracaso que nos obligó a levantarnos. Nos entrenó aquella relación que terminó y nos enseñó algo sobre nosotros mismos. Nos entrenaron los hijos, si los tuvimos. Nos entrenaron nuestros padres, tanto por lo que nos enseñaron como por aquello que nunca supieron enseñarnos. Nos entrenaron las pérdidas, los trabajos, las decisiones equivocadas, los éxitos que no nos hicieron tan felices como imaginábamos, las enfermedades de quienes amamos, las veces que tuvimos que empezar de nuevo y las ocasiones en que tuvimos que seguir adelante sin saber exactamente cómo hacerlo.
Cada una de esas experiencias pudo habernos dejado solamente cansancio. Pero también pudo habernos dejado criterio. Y esa diferencia es fundamental.
Cumplir cincuenta años no convierte automáticamente a nadie en una persona sabia. Podemos repetir el mismo error durante cuarenta años y llamarlo experiencia. Podemos acumular relaciones sin aprender a relacionarnos. Podemos atravesar dificultades sin modificar nuestra manera de enfrentarlas. Podemos envejecer cronológicamente sin desarrollar mayor capacidad para comprendernos.
Pero también podemos hacer algo diferente. Podemos llegar a esta etapa sabiendo mejor quiénes somos, qué necesitamos, qué ya no estamos dispuestos a tolerar y qué estamos dispuestos a ofrecer. Podemos saber qué batallas merecen nuestra energía. Podemos reconocer nuestras limitaciones sin sentir que eso disminuye nuestro valor. Podemos pedir ayuda. Podemos cuidar. Podemos amar con menos posesión y más libertad. Podemos mirar una tormenta sin entrar inmediatamente en pánico porque ya hemos atravesado otras.
Eso es convertir los años en preparación. Y quizá ahí reside una de las grandes posibilidades de la segunda mitad de la vida: no llegar a ella simplemente con más años, sino con más capacidad para decidir.
El número uno
En toda tripulación existe una diferencia entre pertenecer a la nave y ocupar un lugar central dentro de ella. En las grandes historias de exploración espacial aparece una figura particularmente interesante: el segundo al mando, el número uno. No es simplemente otro integrante del equipo. Es la persona que está inmediatamente al lado del comandante, aquella con quien comparte decisiones, a quien puede escuchar cuando necesita otra perspectiva y que puede asumir responsabilidades cuando las condiciones dejan de ser favorables.
La imagen resulta extraordinariamente fértil para pensar la pareja en la segunda mitad de la vida, siempre que no cometamos el error de convertirla en una obligación romántica. Porque el número uno no es necesariamente nuestra pareja.
Si tenemos la fortuna de que nuestra esposa, nuestro esposo, nuestro compañero o nuestra compañera de vida ocupa verdaderamente ese lugar, somos profundamente afortunados. Hay pocas experiencias humanas tan valiosas como saber que existe alguien que conoce nuestra historia, ha visto nuestras distintas versiones, conoce nuestras fortalezas y nuestras fragilidades y, aun así, ha decidido permanecer a nuestro lado. Alguien que no necesita que estemos siempre bien para seguir queriéndonos. Alguien que puede tomar el remo cuando nuestras fuerzas disminuyen. Alguien por quien nosotros también estamos dispuestos a remar.
Pero debemos ser honestos. No toda pareja es un número uno. Y reconocerlo no significa despreciar una relación, negar el amor ni quitarle valor a una intimidad que puede ser extraordinariamente significativa. Podemos tener una relación hermosa, compartir sexualidad, conversaciones, viajes, cenas, ternura y una intimidad profunda. Podemos vernos puertas afuera, pololear, acompañarnos y disfrutar muchísimo de estar juntos. Todo eso puede ser verdadero y valioso. Pero ninguna de esas cosas, por sí sola, demuestra que estamos frente a nuestro número uno.
El número uno es quien rema cuando tus brazos ya no dan más.
Mientras la nave avanza con el cielo despejado, muchas relaciones pueden funcionar extraordinariamente bien. Es fácil compartir cuando ambos tienen salud, energía, autonomía, dinero suficiente y ganas de vivir. Es relativamente sencillo quererse cuando nadie necesita demasiado del otro. La verdadera condición de una tripulación aparece cuando surge una emergencia, cuando uno de los dos enferma, cuando llega una pérdida, cuando las condiciones económicas cambian, cuando el cuerpo comienza a exigir cuidados o cuando uno de los dos simplemente ya no puede con todo.
Entonces aparece una pregunta que puede resultar incómoda: ¿esta persona estaría realmente disponible si yo dejara de poder sostenerme durante un tiempo?
Y existe otra, todavía más difícil: ¿yo estaría dispuesto a hacer lo mismo por ella?
Porque el número uno no es solamente la persona a la que recurrimos cuando necesitamos ayuda. Es aquella por la que estamos dispuestos a asumir responsabilidad cuando las circunstancias lo exigen. La relación es recíproca. No se trata de encontrar a alguien que nos cuide, sino de construir, cuando sea posible, un vínculo en el que ambos puedan ocupar, según las circunstancias, el lugar de quien sostiene y el de quien necesita ser sostenido.
Hay una diferencia importante entre intimidad y disponibilidad para el cuidado. Una persona puede quererte profundamente y, sin embargo, no estar disponible para asumir ese nivel de compromiso. Puede tener otra vida, otras responsabilidades, otra familia, otra relación, otras prioridades o simplemente otra manera de entender el vínculo. Puede disfrutar enormemente de estar contigo y no querer —o no poder— ocupar el lugar de compañero principal de navegación. Y eso también merece respeto.
No todas las relaciones tienen que convertirse en matrimonios. No todas las parejas necesitan compartir una casa. No todas las intimidades necesitan transformarse en dependencia. No todas las personas que amamos tienen que ocupar el primer asiento de la nave. El problema no está en que alguien no sea nuestro número uno. El problema aparece cuando creemos que lo es y construimos sobre esa ilusión una seguridad que en realidad no existe.
Esto puede ser especialmente importante cuando hemos tenido que reconstruir nuestra vida afectiva. Después de una separación, un divorcio, una viudez o simplemente después de haber vivido muchos años solos, es perfectamente posible enamorarse nuevamente a los cincuenta o sesenta. Podemos conocer a alguien, sentir deseo, recuperar una intimidad que creíamos perdida, viajar, reír, dormir juntos, pololear y descubrir que todavía somos capaces de experimentar una enorme intensidad afectiva. Y eso es maravilloso. No hay ninguna razón para vivir la madurez como una renuncia al amor.
Pero la madurez nos pide agregar una pregunta más, no para apagar el amor, sino para protegernos de las fantasías que a veces construimos alrededor de él: ¿estamos construyendo solamente una relación o estamos construyendo una tripulación?
Son cosas diferentes. Una relación puede ser preciosa y no estar destinada a convertirse en una estructura de cuidado mutuo para las próximas décadas. Puede acompañar una parte de nuestro viaje sin tener que acompañarlo completo. Puede ofrecernos intimidad sin asumir todas las responsabilidades de la convivencia. Puede ser una relación puertas afuera y seguir siendo profundamente significativa. Lo importante es no exigirle una función que nunca acordamos ni imaginar una disponibilidad que nunca existió.
La madurez consiste también en no convertir nuestros deseos en evidencia. Si esa persona no estaría disponible ante una enfermedad, no debemos imaginar que lo estará. Si nunca hemos hablado de qué ocurriría cuando uno necesite cuidar al otro, quizá todavía no sepamos si estamos frente a una pareja afectiva o frente a nuestro compañero principal de navegación. Y ninguna de esas posibilidades tiene por qué ser una tragedia. Simplemente son diferentes.
No toda persona que amamos debe continuar a bordo
Esta es probablemente una de las decisiones más difíciles de la madurez, porque durante muchos años confundimos el afecto con la obligación de permanencia. Pensamos que si alguien fue importante debe seguir siendo importante de la misma manera; que una amistad de treinta años merece necesariamente treinta años más; que abandonar una relación que ya no funciona equivale a traicionar todo lo vivido.
Pero la vida no funciona así. Los caminos cambian. Algunas personas llegan para una etapa específica. Algunas nos enseñan algo. Algunas nos sostienen cuando todavía no sabemos sostenernos. Algunas nos acompañan durante una crisis. Otras comparten nuestros años de juventud y después toman una dirección diferente. El valor de aquello que vivimos con ellas no disminuye porque el vínculo cambie. La gratitud por lo vivido no nos obliga a convertir el pasado en un contrato de futuro.
Podemos querer a alguien y, al mismo tiempo, decidir que ya no queremos viajar con esa persona. Podemos agradecer. Podemos recordar. Podemos incluso seguir queriendo. Y, sin embargo, elegir otro asiento.
La madurez no consiste en conservar a todo el mundo. Consiste en comprender que cada persona ocupa un espacio en nuestra economía emocional, y que ese espacio, igual que el combustible, no es infinito. Hay personas que pertenecen a nuestra historia y otras que pertenecen a nuestro futuro. Algunas pertenecen a ambas. Saber distinguirlas puede ser una de las tareas más difíciles y más liberadoras de esta etapa.
La tripulación que necesitamos
Una buena nave no necesita una multitud. Necesita las personas adecuadas para las condiciones del viaje. Necesita alguien que conozca nuestra historia, pero también alguien que conozca a la persona en la que nos hemos convertido. Necesita amigos capaces de celebrar con nosotros y otros capaces de detenernos cuando estamos tomando una mala decisión. Necesita personas más jóvenes de quienes podamos aprender y personas a quienes podamos transmitir lo que hemos aprendido. Necesita personas con las que podamos reír y personas con las que podamos atravesar el dolor.
Y necesita, especialmente, alguien capaz de decirnos la verdad. Un verdadero amigo no es necesariamente quien nos tranquiliza ni quien está de acuerdo con todo lo que hacemos. También es quien puede decirnos algo que necesitamos escuchar aunque duela. La amistad profunda incorpora conocimiento, elección, reciprocidad y honestidad.
Esto adquiere una importancia especial con los años. Cuando somos jóvenes necesitamos mucha validación porque nuestra identidad todavía está construyéndose. En la madurez podemos comenzar a recibir la crítica de otra manera: no como una amenaza, sino como información. Podemos escuchar a alguien decirnos «te estás equivocando» sin sentir inmediatamente que está rechazándonos. Podemos preguntarnos: ¿hay algo de verdad en lo que me está diciendo?
Eso también es madurez: tener suficiente seguridad interior como para tolerar que alguien nos contradiga. Una tripulación sana no está compuesta por personas que piensan igual. Está compuesta por personas que pueden navegar juntas sin necesitar pensar igual.
El combustible
Hay otra cosa que cambia profundamente después de los cincuenta: nuestra relación con el combustible. No hablo solamente de los años. Hablo de la energía vital.
A los veinte podemos desperdiciar una noche, un día, una semana o incluso varios años y todavía sentimos que el depósito está lleno. A los cincuenta podemos seguir teniendo una enorme capacidad de acción, pero comenzamos a comprender que la energía disponible también es un recurso que debemos administrar. El cuerpo no recupera exactamente igual. La atención se vuelve más selectiva. El tiempo adquiere otro valor. Y aparece una inteligencia que antes no necesitábamos: la inteligencia de no gastar vida en cualquier cosa.
Hay personas que consumen combustible y personas que, de alguna manera, lo producen. Hay relaciones después de las cuales uno se siente más pequeño, más confundido, más culpable o más agotado. Y hay otras en las que podemos conversar durante horas y salir con la sensación de que algo se ordenó dentro de nosotros.
Por eso la pregunta madura no es solamente quién nos quiere o quién nos necesita. Es también: ¿dónde tiene sentido colocar la energía que todavía tenemos?
No todo merece nuestra atención. No toda discusión merece ser ganada. No toda provocación requiere respuesta. No toda relación necesita continuar. No toda persona necesita acceso permanente a nuestra intimidad.
Los años deberían comenzar a convertirse en criterio. Porque vivir más no basta. Hay que aprender de lo vivido.
Cuando la tripulación empieza a perder miembros
Hay una parte del viaje que nadie quisiera vivir y que, sin embargo, forma parte inevitable de envejecer: ver partir a miembros de la tripulación. Algunos se irán porque nosotros decidimos que ya no pueden continuar a bordo. Otros porque la vida los llevará por otro camino. Y otros morirán.
Entonces descubrimos algo que solamente puede comprenderse después de haber perdido a alguien importante: una persona puede abandonar físicamente la nave y continuar formando parte de su navegación. Una frase que todavía escuchamos. Una forma de resolver un problema. Una manera de mirar el mundo. Una advertencia que quedó instalada en nosotros. Una risa que podemos recordar sin querer. El vínculo puede cambiar de forma sin desaparecer por completo.
Algunos asientos quedarán vacíos. Y quizá no haya que llenarlos inmediatamente. Hay ausencias que merecen permanecer como ausencias. La vida no consiste en reemplazar personas. Consiste en integrar lo vivido y continuar navegando.
El punto de no retorno
Volvamos al avión. El punto de no retorno no significa que hayamos perdido toda posibilidad de decidir. Significa que ya no podemos regresar al lugar exacto desde el que partimos.
Podemos cambiar de pareja. Podemos comenzar una amistad. Podemos terminar una relación. Podemos pedir perdón. Podemos cambiar de profesión. Podemos volver a estudiar. Podemos mudarnos. Podemos corregir nuestro rumbo. Pero no podemos recuperar el martes que ya pasó. No podemos devolver una infancia a un hijo adulto. No podemos volver a tener treinta años. No podemos recuperar exactamente la salud que tuvimos antes de una enfermedad.
Podemos corregir la trayectoria. No podemos recuperar el trayecto. Y esa diferencia, lejos de ser deprimente, puede ser profundamente liberadora. Porque significa que ya no necesitamos vivir como si todavía estuviéramos esperando despegar. Ya despegamos.
Tenemos historia. Tenemos pérdidas. Tenemos aprendizajes. Tenemos errores. Tenemos relaciones. Tenemos un cuerpo diferente. Sabemos quién estuvo. Sabemos quién se fue. Hemos visto cómo reaccionamos ante las tormentas. Y ahora podemos hacer algo que el joven astronauta todavía no podía hacer: elegir con conocimiento de causa.
Una auditoría de la tripulación
Quizá esta sea una de las tareas más importantes de esta etapa: detenerse un momento, mirar alrededor y hacer una auditoría honesta de nuestra tripulación. No para clasificar personas como buenas o malas. No para construir una lista fría de quienes merecen nuestra amistad o invitar a nuestro cumpleaños. Se trata de algo más íntimo: mirar nuestra vida y comprobar si las personas que ocupan nuestros espacios más valiosos siguen siendo compatibles con la persona que estamos intentando ser y con el viaje que todavía queremos realizar.
Podríamos comenzar preguntándonos quién es nuestro número uno, si existe alguien que realmente ocupe ese lugar. Quién puede estar cuando nuestras fuerzas disminuyan. Quién puede decirnos la verdad. Quién celebra nuestro crecimiento. Quién nos cuida cuando estamos mal y a quién estamos dispuestos a cuidar nosotros. Con quién compartimos una dirección y no solamente recuerdos. Qué vínculos mantenemos por amor y cuáles por costumbre. Qué relaciones producen más energía de la que consumen. Qué personas queremos acercar antes de que sea demasiado tarde. Y quizá la más incómoda de todas:
¿Qué relación ya terminó su viaje aunque todavía no nos hayamos atrevido a reconocerlo?
La respuesta puede doler. Pero también puede liberar. Porque descubrir que alguien ya no pertenece a nuestra tripulación no significa que hayamos fracasado. Puede significar simplemente que hemos aprendido a reconocer la diferencia entre una persona importante en nuestra historia y una persona necesaria en nuestro futuro.
La nave sigue avanzando
La imagen del astronauta puede resultar inquietante si la entendemos como una condena. No lo es. Es una invitación a la lucidez.
La nave sigue avanzando. El combustible se consume. La trayectoria continúa. No podemos volver al punto de partida. Pero todavía podemos corregir. Todavía podemos elegir. Todavía podemos amar. Todavía podemos despedirnos. Todavía podemos incorporar personas. Todavía podemos pedir perdón. Todavía podemos decir «quédate». Todavía podemos decir «gracias por este tramo». Todavía podemos sentarnos junto a alguien y preguntarle: ¿quieres hacer conmigo el resto del viaje?
Y quizá aquí aparezca una de las formas más profundas de comprender esta etapa de la vida: la paz, la tranquilidad y la libertad de la segunda mitad no consisten en tener infinitas posibilidades, sino en saber cuáles de las posibilidades que quedan merecen realmente nuestra vida.
No podemos elegir todas las condiciones del viaje. No sabemos qué tormentas encontraremos. No sabemos cuánto combustible queda exactamente. No sabemos quién llegará primero al destino ni quién tendrá que abandonar la nave antes de tiempo. Pero podemos elegir, en buena medida, la calidad de nuestra tripulación. Podemos elegir quién tiene acceso a nuestra intimidad. Podemos elegir quién ocupa nuestro tiempo. Podemos elegir quién puede acompañarnos en la vulnerabilidad. Podemos elegir de quién aceptar una verdad incómoda. Podemos decidir qué relaciones merecen ser cuidadas y cuáles necesitan distancia.
Y podemos preguntarnos si nosotros mismos estamos preparados para ser el número uno de alguien más. Porque quizá llevamos demasiado tiempo preguntando quién estará disponible para nosotros cuando nuestros brazos ya no den más, sin preguntarnos por quién estaríamos dispuestos a tomar el remo cuando sus brazos fueran los que fallaran.
El número uno no es un privilegio unilateral. Es una responsabilidad recíproca.
El destino
Quizá durante buena parte de la vida pensamos que el destino era el objetivo: el éxito, la tranquilidad, la jubilación, la libertad, la felicidad, una determinada cantidad de dinero, una casa, un reconocimiento, un lugar al que finalmente llegaríamos y desde el cual podríamos mirar hacia atrás satisfechos.
Pero tal vez la segunda mitad nos enseñe algo diferente. Quizá el destino más valioso no sea llegar intactos. Quizá sea llegar habiendo aprendido a navegar. Haber aprendido a distinguir una tormenta de un naufragio. Haber comprendido qué batallas merecen nuestra energía. Haber dejado atrás la necesidad de demostrar permanentemente quiénes somos. Haber aprendido a pedir ayuda. Haber aprendido a cuidar. Haber aceptado que el cuerpo cambia. Haber podido mirar nuestras pérdidas sin convertirlas en toda nuestra identidad. Haber construido vínculos que no dependan solamente de la comodidad. Y, sobre todo, haber escogido con criterio a quienes queremos tener cerca.
Porque cuando la nave ha recorrido una parte importante de su trayectoria, cada asiento adquiere un significado diferente. No necesitamos llenarlos todos. Necesitamos saber quién merece ocuparlos.
Si tenemos la fortuna de contar con un número uno que realmente puede remar cuando nuestros brazos ya no dan más, cuidémoslo. Si ese número uno es nuestra esposa, nuestro esposo, nuestro compañero o nuestra compañera de vida, reconozcamos el privilegio que eso representa. Y si no lo tenemos, no inventemos uno por miedo a estar solos. La honestidad también es una forma de cuidado.
Podemos tener amor, intimidad, deseo, compañía y relaciones hermosas sin convertirlas artificialmente en algo que no son. Podemos seguir abiertos al encuentro sin engañarnos acerca de quién realmente estaría a nuestro lado cuando llegue una tormenta. Porque la madurez no consiste en tener a alguien a cualquier precio. Consiste en saber qué clase de compañía necesitamos para la etapa que viene y ser capaces de reconocerla cuando aparece.
A cierta altura del viaje ya no tiene demasiado sentido preguntarse si estamos donde imaginábamos estar a los treinta. La nave está en vuelo. El paisaje que queda atrás pertenece a nuestra historia. Podemos contemplarlo, agradecerlo, llorarlo incluso, pero no podemos regresar a él.
La pregunta ahora es otra. Mira alrededor. Mira los asientos ocupados. Mira los que están vacíos. Mira quién ha llegado recientemente. Mira quién permanece desde hace décadas. Mira quién te conoce. Mira quién te escucha. Mira quién te contradice. Mira quién te cuida. Mira a quién cuidas. Mira a la tripulación. Mira a tu número uno, si tienes la fortuna de tenerlo. Y pregúntate si tú eres también el número uno de alguien.
Después mira hacia adelante. Porque todavía hay horizonte. Todavía hay trayecto. Todavía hay decisiones. Todavía hay amor. Todavía hay posibilidades. Todavía podemos corregir el rumbo. Pero la nave no vuelve.
Y quizá esa sea una de las verdades más importantes que podemos aprender cuando llegamos a esta parte de la vida: no podemos elegir cuándo comenzó el viaje, pero todavía podemos decidir con quién queremos continuar la trayectoria.
No se trata de tener más personas. Se trata de tener las correctas. No se trata de llenar todos los asientos. Se trata de saber quién merece estar a bordo. No se trata de encontrar a alguien que nos prometa que nunca habrá tormentas. Se trata de encontrar —y de ser— esa persona capaz de tomar el remo cuando los brazos del otro ya no pueden más.
Porque el viaje continúa. El combustible disminuye. Algunos se irán. Otros llegarán. Algunos ocuparán un asiento durante un tramo. Y quizá uno, si tenemos esa fortuna, se siente a nuestro lado y permanezca allí hasta el final. No sabemos exactamente cuál será el destino. Pero todavía podemos decidir algo extraordinariamente importante: quién queremos que esté con nosotros cuando lleguemos.
Epílogo
Quizá por eso la palabra que da nombre a este libro no debería entenderse como una edad, ni como una categoría, ni como una manera elegante de decir que estamos envejeciendo. Es, más bien, una invitación a reconocer que los años pueden convertirse en preparación, que la experiencia puede transformarse en criterio y que el criterio puede ayudarnos a tomar decisiones que antes no sabíamos tomar.
La vida nos ha entrenado durante décadas para este tramo del viaje. Ahora nos corresponde decidir qué hacemos con ese entrenamiento. Y, entre todas las decisiones que todavía podemos tomar, quizá ninguna sea más importante que esta: mirar la tripulación, mirar al número uno si tenemos la fortuna de tenerlo, mirar los asientos vacíos y decidir, con la serenidad de quien sabe que la nave ya está en vuelo, con quién queremos atravesar el resto del viaje.
Este capítulo pertenece al proyecto y libro Seniority, de Julio César Carrasco Rebolledo, psicólogo clínico, máster en Psicoterapia Clínica EMDR y formado en Deep Brain Reorienting (DBR), cofundador del Instituto Kintsugi.
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