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¿Te molesta tu jefe? Levanta un pie: te servirá para aprender un truco para tu yo del futuro
3 de septiembre de 2026

¿Te molesta tu jefe? Levanta un pie: te servirá para aprender un truco para tu yo del futuro

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Hace unos días, un paciente me preguntó algo que probablemente muchas personas han pensado, aunque no siempre se atreven a decirlo en voz alta: “¿Hasta cuándo tengo que aguantar a este jefe?”. No era una pregunta sobre liderazgo ni sobre clima laboral. Era una pregunta sobre resistencia. Sobre ese momento extraño en que uno todavía tiene trabajo, todavía recibe un sueldo, todavía puede cumplir con sus responsabilidades, pero empieza a sentir que el costo de seguir ahí está siendo demasiado alto. Había cansancio, rabia y, sobre todo, una sensación de estar atrapado entre dos posibilidades igualmente incómodas: quedarse aguantando o renunciar sin tener demasiado claro qué viene después.

Le respondí con una imagen bastante sencilla: hasta que puedas levantar un pie.

No le estaba diciendo que soportara indefinidamente a un jefe intratable. Tampoco que esperara a estar completamente destruido para tomar una decisión. Mucho menos que confundiera paciencia con resignación. Lo que intentaba decirle era que, antes de abandonar el lugar donde estás parado, conviene empezar a construir el lugar donde vas a poner el otro pie.

Caminar es una cosa curiosa. Para avanzar tenemos que aceptar una pequeña pérdida de equilibrio. Un pie permanece apoyado mientras el otro se despega del suelo y busca dónde caer. Durante un instante no estamos completamente seguros en ningún lado. Pero tampoco estamos inmóviles. Estamos haciendo una transición.

Quizás esa imagen sirve bastante bien para pensar lo que significa hoy cambiar de trabajo.

Durante mucho tiempo nos enseñaron que las decisiones laborales eran binarias: quedarse o irse. Aguantar o renunciar. Comprometerse o abandonar. Pero la vida profesional contemporánea es bastante más compleja. Vivimos en un mundo que hemos aprendido a describir como VUCA: volátil, incierto, complejo y ambiguo. Las organizaciones cambian, los cargos desaparecen, las industrias se transforman, aparecen nuevas tecnologías y aquello que parecía una carrera segura puede dejar de serlo en pocos años. En ese escenario, especialmente cuando ya tenemos una trayectoria importante detrás, quizás nuestra mayor ventaja no sea trabajar más horas ni aguantar más que los demás. Quizás sea haber aprendido a leer el terreno.

Y leer el terreno significa mirar antes de necesitar escapar.

Significa que mientras todavía tienes trabajo puedes actualizar tu LinkedIn, conversar con antiguos colegas, aceptar un café, conocer gente de otras industrias, atreverte a tener conversaciones con pares improbables, preguntar qué está pasando, explorar posibilidades, hacer un curso, pensar en un proyecto paralelo o simplemente volver a mirar el mercado. No porque estés traicionando a la empresa que te paga, sino porque estás entendiendo algo que puede ser decisivo para tu futuro: tu carrera no pertenece completamente a la organización en la que hoy trabajas.

Tu cargo puede pertenecer a una empresa. Tu experiencia no. Tu criterio no. Lo que aprendiste tampoco. Y esa diferencia se vuelve cada vez más importante a medida que pasan los años. Hay profesionales que han construido una carrera extraordinaria y, sin embargo, cuando les quitan el cargo parece que también les hubieran quitado una parte importante de su identidad. Durante veinte o treinta años se acostumbraron a responder quiénes son diciendo dónde trabajan, qué cargo tienen o qué lugar ocupan dentro de una determinada estructura. El problema es que las estructuras cambian. Un día llega una reorganización, un nuevo gerente, una fusión, una crisis económica o una tecnología disruptiva que modifica completamente la forma de hacer las cosas. Y entonces descubrimos que quizás estábamos defendiendo demasiado el cargo y demasiado poco aquello que realmente habíamos construido.

Por eso, en una carrera madura, creo que hay que defender más la marca personal que el cargo. No hablo de la marca personal entendida como tener una buena fotografía en LinkedIn o publicar frases sobre liderazgo todos los martes. Hablo de algo mucho más serio: aquello que permanece cuando el cargo desaparece. Qué sabes hacer. Qué problemas puedes resolver. Qué experiencia acumulaste. Qué conversaciones eres capaz de sostener. Qué criterio desarrollaste después de equivocarte, acertar, liderar, perder, negociar y volver a empezar. Qué confianza generas en otros.

Eso es lo que te llevas cuando sales.

Y aquí aparece una paradoja que me interesa especialmente. A veces los trabajos que más nos desgastan terminan enseñándonos cosas que no habríamos aprendido en ambientes cómodos. No porque el sufrimiento sea bueno —no creo en romantizar ambientes laborales tóxicos ni tampoco le prendo velas al estoicismo como una forma de vida 24/7—, sino porque determinadas experiencias nos obligan a conocernos con una precisión que antes no necesitábamos. Ese jefe intratable puede haberte mostrado cuánto estrés estás dispuesto a soportar. Puede haberte permitido reconocer tus límites. Puede haberte enseñado qué clase de jefe no quieres ser. Puede incluso haberte obligado a descubrir capacidades que no sabías que tenías. No tienes que agradecerle el maltrato a nadie. Pero quizás sí puedes rescatar de esa experiencia algo que te pertenece: el conocimiento que adquiriste sobre ti mismo.

Y ese conocimiento puede convertirse en capital para la siguiente etapa. Porque el objetivo no debería ser simplemente conseguir otro trabajo. Debería ser llegar al próximo trabajo siendo más experto en ti (subraya esto, esto es conocerte). Esto es especialmente importante cuando hablamos de personas con trayectoria. A cierta altura de la vida profesional, ya no se trata solamente de subir. También hay que aprender a moverse lateralmente, cambiar de cancha, modificar el ritmo y, en ocasiones, abandonar una cima que nos costó muchos años conquistar porque descubrimos que ya no queremos seguir viviendo allí.

Eso requiere una habilidad diferente. No la llamaría renuncia. La llamaría transición. Y las transiciones inteligentes suelen empezar mucho antes de que se produzca el cambio visible. Un café puede ser una transición. Una conversación puede ser una transición. Un curso puede ser una transición. Actualizar tu LinkedIn puede ser una transición. Volver a escribirle a alguien con quien trabajaste hace diez años puede ser una transición. Incluso darte permiso para mirar qué hay afuera puede ser una transición. Son pequeños desplazamientos. Pequeños movimientos destinados a ganar terreno. Como subir una colina: no necesitas conquistar la cima en un solo movimiento; necesitas saber dónde poner el siguiente pie. Quizás por eso me gusta tanto la metáfora.

Levantar un pie no significa irse. Significa dejar de estar completamente inmóvil.

Y hay algo todavía más interesante: esta habilidad no sirve solamente para cambiar de trabajo. Sirve para aprender a cambiar de vida. Porque algún día, si tenemos la fortuna de llegar hasta allí, aparecerá una transición mucho mayor. La que ocurre cuando el trabajo deja de ocupar el centro de nuestra vida. Después de los 65, por ejemplo, la pregunta ya no será necesariamente “¿qué cargo voy a ocupar?”, sino “¿qué hago ahora con todo esto que soy?”.

Y ahí podemos encontrarnos con un problema que casi nadie nos enseña a prevenir. Pasamos décadas preparándonos para entrar al mundo laboral y muy poco tiempo preparándonos para salir de él. Aprendemos a estudiar, competir, producir, ascender, liderar y ganar dinero. Pero rara vez aprendemos a construir una identidad que pueda sobrevivir al trabajo. Y entonces llega el día en que desaparecen las reuniones, el correo corporativo, los objetivos trimestrales, el equipo, la oficina y la agenda llena. Y algunas personas descubren demasiado tarde que habían construido una vida alrededor de una sola función: trabajar.

Por eso creo que levantar un pie es un entrenamiento para el futuro.

Si mientras trabajas aprendes a explorar otros territorios, desarrollas intereses que no dependen de tu profesión, recuperas la curiosidad, haces cosas que no tienen necesariamente una rentabilidad inmediata, construyes relaciones fuera de tu circuito laboral y descubres quién eres cuando nadie te está evaluando por tu productividad, estás haciendo algo mucho más importante que “distraerte”.

Estás practicando el cambio. Estás ensayando una capacidad que probablemente necesitarás muchas veces. Podríamos llamarlo el crossover. No como una ruptura radical con lo que fuimos, sino como la capacidad de llevar nuestra experiencia hacia otra etapa. Cambiar de escenario sin tener que empezar completamente desde cero. Conservar lo aprendido, abandonar lo que ya cumplió su ciclo y descubrir nuevas formas de utilizar aquello que todavía tenemos para ofrecer.

Me gusta pensar en el deporte como una buena metáfora para esto. Messi puede ser una imagen interesante. Llegó a Miami y no dejó de ser Messi. No abandonó aquello que sabía hacer. No borró su historia ni empezó nuevamente desde cero. Cambió de escenario, de ritmo, de contexto y probablemente también de manera de vivir su profesión. Sigue jugando con calidad, pero juega otra etapa de su vida.

Eso es un crossover.

Y quizás la madurez consiste precisamente en aprender a hacer esos movimientos antes de que una crisis nos obligue a hacerlos. Por eso, cuando alguien me pregunta “¿hasta cuándo tengo que aguantar?”, cada vez me interesa menos responder con una cantidad de meses o una fórmula universal. Me interesa mucho más preguntarle: ¿qué estás haciendo mientras sigues ahí?

Porque puedes estar esperando. O puedes estar preparando. Puedes seguir teniendo los dos pies en el mismo lugar porque tienes miedo de moverte, o puedes tener un pie todavía apoyado y el otro empezando a explorar.

La diferencia parece pequeña. Pero no lo es. En un caso estás detenido. En el otro estás aprendiendo a caminar hacia otra parte. Y quizás esa sea una de las cosas que vienen con Seniority: entender que no siempre necesitamos esperar a que la vida nos empuje para comenzar a movernos. La experiencia debería permitirnos anticipar. Mirar un poco más lejos. Reconocer los ciclos. Saber cuándo algo todavía merece esfuerzo y cuándo el esfuerzo está siendo utilizado solamente para mantenernos en el mismo sitio.

No se trata de abandonar todo cada vez que algo se vuelve difícil. Eso sería inmadurez disfrazada de libertad. Tampoco se trata de soportarlo todo porque llevamos muchos años trabajando. Eso sería convertir la resistencia en una virtud absoluta. Entre ambos extremos existe algo mucho más interesante: la táctica.

Pequeños pasos bien pensados. Una conversación hoy. Un contacto mañana. Un café la próxima semana. Una habilidad nueva. Una posibilidad que empieza a aparecer. Un pie que, poco a poco, deja de pertenecer completamente al lugar donde estabas y ojo, eso te pone en un foco diferente, miras distinto, sientes distinto, la libertad de maniobrar vuelve. Hasta que llega el momento. Y entonces ocurre algo que desde afuera puede parecer una decisión repentina. “Se cambió de trabajo.”

Pero probablemente no fue repentino. Llevaba meses caminando. Quizás años. Había empezado mucho antes, cuando todavía nadie veía el movimiento. Había comenzado el día en que decidió levantar un pie.

Y tal vez ese sea el verdadero truco que podemos enseñarle a nuestro yo del futuro: no esperar a que la vida nos quite el piso para descubrir que también sabemos caminar. Porque algún día el nuevo trabajo será simplemente el nuevo trabajo. La nueva ciudad será simplemente la nueva ciudad. La jubilación será simplemente otra etapa. Y nosotros tendremos algo que vale mucho más que un cargo: tendremos práctica. La práctica de movernos. La práctica de explorar. La práctica de cruzar. La práctica de volver a poner el pie en otro lugar. Quizás eso es Seniority. No saber aguantar más que antes.

Saber cuándo levantar un pie.


Julio César Carrasco
Psicólogo clínico · Máster en Psicoterapia Clínica EMDR · Deep Brain Reorienting (DBR)
Cofundador del Instituto Kintsugi

Los conceptos clínicos de este ensayo están desarrollados en Kintsugipedia, la enciclopedia del Instituto sobre trauma y reparación.

Consultas y horas: ikintsugi.cl

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