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Farmear aura: ¿y si estamos jugando a ser nosotros mismos?
26 de agosto de 2026

Farmear aura: ¿y si estamos jugando a ser nosotros mismos?

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Los adolescentes llaman “farmear aura” a buscar puntos de presencia, aprobación y estatus. Los adultos hacemos algo parecido, solo que le ponemos nombres más respetables: éxito, productividad, posicionamiento, networking, marca personal o reconocimiento.

Hay una expresión que probablemente muchos adultos hayan escuchado recientemente y no entiendan del todo: “farmear aura”. Y quizás ustedes estén pensando: qué exagerados. Porque, en realidad, es un juego. Una pose. Una mirada. Una forma de caminar. No reaccionar. Hacer algo con estilo. Quedar bien sin que parezca que lo intentaste demasiado.

Ganar aura.

Perder aura.

“+1000 aura.”

“-500 aura.”

Si te tropiezas delante de la persona que te gusta, pierdes aura. Si haces algo impresionante y después sigues como si nada hubiera ocurrido, ganas. Si intentas demasiado parecer interesante, probablemente acabas de perderla toda. La gracia está precisamente ahí. El “aura” se utiliza para hablar de presencia, seguridad, carisma, estilo, esa capacidad de alguien para parecer “cool” sin esforzarse demasiado. Y “farmear”, tomado del lenguaje de los videojuegos, significa repetir acciones para acumular recursos, experiencia o puntos. Hasta aquí, podríamos decir: es sólo un juego. Y probablemente lo sea.

Pero algunas cosas que parecen solamente un juego resultan interesantes porque nos muestran cómo estamos aprendiendo a relacionarnos con nosotros mismos y con los demás. Todos hemos jugado alguna vez a parecer más seguros de lo que nos sentíamos. Todos hemos querido entrar a algún lugar como si supiéramos exactamente qué estábamos haciendo. Todos hemos intentado que no se notara que alguien nos gustaba. Todos hemos fingido que algo no nos importaba demasiado. La adolescencia siempre ha tenido algo de actuación. Lo interesante es que ahora existe un marcador. Aunque sea imaginario. Y quizás por eso me interesa tanto esta moda. Porque los juegos importan. No solamente porque nos entretienen, sino porque ensayan reglas. Nos enseñan a competir, a esperar, a perder, a ganar, a frustrarnos, a repetir, a tolerar la derrota y a obtener recompensas.

Los niños juegan a ser adultos mucho antes de comprender qué significa serlo. Ensayan personajes, prueban límites y descubren, jugando, quiénes podrían llegar a ser. El problema aparece cuando las reglas del juego comienzan a convertirse en las reglas con las que construimos nuestra propia identidad.

¿Qué ocurre cuando empezamos a tratar nuestra propia identidad como un videojuego?

Pensemos en algo cotidiano. ¿Cómo te va a subir el aura si corres desesperado para alcanzar la micro? ¿Si llevas una bolsa transparente y todos pueden ver lo que hay dentro? ¿Si reaccionas demasiado ante algo que se supone que debería dejarte indiferente? ¿Si dices exactamente lo que estás pensando cuando podrías haberte quedado callado y parecer mucho más “cool”? ¿Si demuestras demasiado entusiasmo? ¿Si se nota demasiado que algo te importa? ¿Si haces algo que te deja en evidencia? ¿Si intentas demasiado parecer que no estás intentando?

Y quizás alguna vez te hayas descubierto pensando a ti mismo en soledad: “Mejor no hago esto porque me baja “el aura.” Ahí el juego empieza a ponerse interesante y nos pasa a los adultos también, reconozcámoslo. Porque ya no necesitas que alguien te diga qué hacer.

El marcador empieza a estar dentro de tu cabeza.

No hace falta que exista una pantalla mostrando el número. Basta con haber aprendido qué cosas suman y cuáles restan. Correr puede restar. Quedar en evidencia puede restar. Mostrar demasiado interés puede restar. Parecer inseguro puede restar. Intentar demasiado puede restar. Y, quizás lo más extraño de todo, ser espontáneo también puede restar. Entonces la pregunta deja de ser solamente qué es el aura. La pregunta pasa a ser:

¿Cuántas cosas dejas de hacer porque estás calculando cómo te harán ver frente a los demás?

Durante la adolescencia estamos construyendo identidad. Necesitamos descubrir qué nos gusta, qué rechazamos, con quién queremos estar, qué queremos mostrar y qué preferimos esconder. La mirada de los otros importa demasiado. La pertenencia importa. La aprobación importa. No porque los adolescentes sean débiles.

y es porque somos humanos.

Durante miles de años, pertenecer a un grupo estuvo profundamente relacionado con nuestra supervivencia. Por eso hoy puede parecernos exagerado que alguien sufra porque no fue invitado a una fiesta, quedó fuera de un grupo o porque sus compañeros no reaccionaron a una publicación. Pero para quien está construyendo su lugar en el mundo, esas cosas pueden doler de verdad. Lo que ha cambiado es el escenario. Antes podíamos hacer una estupidez frente a nuestros amigos y, al día siguiente, probablemente nadie se acordaba. Ahora podemos hacerla frente a nuestros amigos, grabarla, publicarla y descubrir que cientos o miles de personas también la vieron.

La cámara no sólo registra. También devuelve información. Publicamos algo. La gente reacciona. Aprendemos. Repetimos. Una determinada forma de vestir recibe más comentarios. Una determinada forma de hablar genera más atención. Una determinada pose funciona. Una determinada personalidad parece gustar más. Y entonces puede ocurrir algo muy sutil. Ya no solamente mostramos quiénes somos.

Comenzamos a preguntarnos quién debemos ser para ser mostrados.

Ese es, para mí, el verdadero punto de interés. No que un adolescente quiera parecer cool. Eso ha ocurrido siempre. Sino que ahora puede recibir información prácticamente en tiempo real sobre qué versión de sí mismo consigue más aprobación. Y ahí aparece una confusión que puede ser mucho más profunda: tener valor y parecer valioso no son lo mismo.

Puedes parecer seguro y estar aterrorizado. Puedes parecer indiferente y estar profundamente afectado. Puedes parecer popular y sentirte solo. Puedes parecer fuerte y estar agotado. Puedes controlar perfectamente tu rostro mientras por dentro estás atravesando una tormenta. Por eso tampoco la fortaleza es lo mismo que la inalcanzabilidad. La fortaleza permite sentir y seguir adelante. La armadura intenta que nadie descubra que estamos sintiendo. El problema de una armadura no es que proteja.

El problema es olvidar que es una armadura.

Y aquí los adultos deberíamos detenernos antes de decir: “Estos niños viven demasiado pendientes de las redes.” Porque nosotros también farmeamos. Farmeamos seguidores. Farmeamos contactos. Farmeamos títulos. Farmeamos productividad. Farmeamos reconocimiento. Farmeamos estatus. Farmeamos logros. Sólo que hemos aprendido a ponerles nombres socialmente aceptables. Llamamos networking a acumular contactos. Marca personal a administrar nuestra imagen. Productividad a convertir cada minuto en rendimiento. Éxito a acumular señales visibles de que nos está yendo bien. También sabemos qué cosas nos suben y nos bajan el aura. Sólo que no las llamamos así. Sabemos qué ropa llevar a una reunión. Qué fotografía publicar. Qué opinión conviene expresar. Cuál conviene guardar. Qué parte de nuestra vida mostrar. Qué parte esconder. Cuánto éxito contar. Cuánto fracaso admitir. Cuánto entusiasmo demostrar. Cuánto debemos aparentar que algo no nos importa.

También tenemos un marcador.

Sólo que lo llamamos de otra manera. Y quizás esta sea la parte más incómoda. Los adolescentes están aprendiendo estas reglas mientras todavía están descubriendo quiénes son. Nosotros, en cambio, muchas veces llevamos décadas jugando. Por eso “farmear aura” puede ser una metáfora mucho más grande de lo que parece. Porque ellos no inventaron el algoritmo. Nosotros construimos plataformas que convierten la atención en valor, la exposición en recompensa y la popularidad en una forma de capital social. Les pedimos que sean auténticos mientras les enseñamos, todos los días, que aquello que funciona es aquello que genera reacción. No podemos sorprendernos después de que aprendan la lección.

La están aprendiendo de nosotros.

Por eso la pregunta deja de ser exclusivamente adolescente.

¿En qué momento dejamos de construir una vida y comenzamos a construir una imagen de la vida?

Un videojuego tiene niveles. La vida no. Un videojuego tiene puntos. La confianza no. Un videojuego tiene recompensas inmediatas. El carácter no. Puedes acumular seguidores. No puedes acumular afecto como si fueran monedas. Puedes repetir una conducta para obtener un like. No puedes repetir mecánicamente la intimidad hasta conseguir amor. Puedes fabricar una apariencia de seguridad. Pero la seguridad real se construye de otra manera. Equivocándose. Sintiendo vergüenza. Siendo rechazado alguna vez. Pidiendo ayuda. Reparando un daño. Sosteniendo una amistad. Atravesando una pérdida. Aprendiendo que uno puede sobrevivir incluso cuando nadie está mirando. Eso no se farmea. Se construye. Lento. Muchas veces invisible. Desde dentro hacia afuera. Por eso no creo que la respuesta sea prohibir el juego, demonizar las redes o mirar con nostalgia una adolescencia que tampoco fue tan sencilla como ahora tendemos a recordar. La adolescencia necesita jugar. Necesita exagerar. Necesita probar personajes. Necesita equivocarse. Necesita descubrir qué significa ser uno mismo frente a otros.

Y nosotros necesitamos ofrecerle algo que ninguna plataforma puede entregar: espacios donde una persona pueda ser imperfecta sin ser evaluada; conversaciones donde no tenga que producir una imagen de sí misma; relaciones donde pueda decir “tengo miedo” sin perder estatus; lugares donde equivocarse no signifique quedar eliminado. Porque quizás el verdadero desafío para esta generación —y también para nosotros— no sea simplemente aprender a desconectarnos de las pantallas. Sea aprender algo mucho más difícil: que no todo lo importante necesita ser visto.

Hay una vida que ocurre cuando la cámara está apagada. Hay una identidad que no necesita espectadores. Hay vínculos que no necesitan likes para ser verdaderos. Hay cosas que podemos hacer simplemente porque nos gustan, aunque nadie las vea. Podemos correr para alcanzar la micro. Podemos llevar una bolsa transparente. Podemos reírnos demasiado fuerte. Podemos emocionarnos. Podemos decir lo que pensamos. Podemos reconocer que alguien nos gusta. Podemos equivocarnos. Podemos quedar en evidencia. Podemos hacer el ridículo. Y sobrevivir.

Quizás incluso descubrir que aquello que temíamos que nos hiciera perder aura era, precisamente, una parte de nosotros que necesitaba tener permiso para existir. Porque quizás la verdadera seguridad no consista en conseguir que nadie vea nuestras grietas. Quizás consista en no necesitar esconderlas todo el tiempo. Y quizás la forma más profunda de tener aura sea justamente aquella que no necesita demostrarla. Porque tarde o temprano, todas las cámaras se apagan.

Y cuando eso ocurra, la pregunta importante no será cuántos puntos de aura acumulamos.

Será mucho más sencilla:

¿Te gusta quién eres cuando nadie está mirando?


Julio César Carrasco
Psicólogo clínico · Máster en Psicoterapia Clínica EMDR · Deep Brain Reorienting (DBR)
Cofundador del Instituto Kintsugi

Los conceptos clínicos de este ensayo están desarrollados en Kintsugipedia, la enciclopedia del Instituto sobre trauma y reparación.

Consultas y horas: ikintsugi.cl

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